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5 Águilas Blancas PDF Print E-mail
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Relatos Sierra Nevada
Written by Gabriel París   
Monday, 10 December 2007 17:19

El mito

“Cinco Águilas Blancas volaban un día por el azul del firmamento; cinco Águilas enormes, cuyos cuerpos resplandecientes producían errantes sombras sobre los cerros y montañas. ¿Venían del Norte?. ¿Venían del Sur?." La tradición indígena sólo dice que las águilas vinieron del cielo estrellado en una época muy remota.

 

Eran aquellos los días de Caribay, el genio de los bosques aromáticos, primera mujer entre los indios mirripuyes, habitantes del Ande empinado. Era hija del ardiente Zuhé y la pálida Chía; y remedaba el canto de los pájaros, corría ligera sobre el césped como el agua cristalina y jugaba como el viento con las flores y árboles.

Caribay vió volar por el cielo las enormes águilas blancas cuyas plumas brillaban a la luz del Sol como láminas de plata y quiso adornar su coraza con tan raro y espléndido plumaje. Corrió sin descanso tras las sombras errantes que las Águilas dibujaban en el suelo; salvó los profundos valles; subió un monte y otro monte; llegó al fin fatigada a la cumbre de las montañas andinas. Las pampas, lejanas e inmensas, se divisaban por un lado; y por el otro, una escala ciclópea, jaspeada de gris y esmeralda, la escala que formaban los montes e iba a morir en lontananza bañada por la honda azul del Coquivacoa.

Las águilas blancas se levantaron perpendicularmente desde aquella altura hasta perderse en el espacio. No se dibujaron más sus sombras sobre la tierra.

Entonces Caribay pasó de un risco a otro, por las escarpadas sierras, regando el suelo con sus lágrimas. Invocó a Zuhé, el astro rey y el viento se llevó sus voces. Las águilas se habían perdido de vista y el Sol se hundía ya en el Ocaso.

Aterida de frío volvió sus ojos al Oriente, invocó a Chía, la pálida Luna y al punto detúvose el viento para hacer silencio. Brillaron las estrellas y un vago resplandor en forma de semicírculo se dibujó en el horizonte.

Caribay rompió el augusto silencio de los páramos con un grito de admiración. La Luna había aparecido y en torno a ella volaban las cinco águilas blancas, refulgentes y fantásticas. En tanto que las águilas descendían majestuosamente, el reino de los bosques aromáticos, la india mitológica de los Andes, moduló dulcemente sobre la altura su selvático cantar.

Las misteriosas aves revolotearon por encima de las crestas desnudas de la cordillera y se sentaron al fin, cada una sobre un risco, clavando sus garras en la viva roca; y se quedaron inmóviles, silenciosas con las cabezas vueltas hacia el Norte, extendidas las gigantescas alas en actitud de remontarse nuevamente al firmamento azul.

Caribay quería adornar su coraza con aquel plumaje raro y espléndido, y corrió hacia ellas para arrancarles las codiciadas plumas, pero un frío glacial entumeció sus manos; las águilas estaban petrificadas, convertidas en cinco masas enormes de hielo. Caribay da un grito de espanto y huye despavorida. Las águilas blancas eran un misterio, pero un misterio pavoroso.

La Luna se oscurece de pronto, golpea el huracán con siniestro ruido los desnudos peñascos y las águilas blancas despiertan. Erízanse furiosas y a medida que sacuden sus monstruosas alas el suelo se cubre de copos de nieve y la montaña toda se engalana con el plumaje blanco.

Este es el origen fabuloso de las Sierras Nevadas de Mérida. Las cinco águilas blancas de la tradición indígena son los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas; y el silbido del viento en esos días de páramo es el remedo del canto triste y monótono de Caribay; el mito hermoso de los Andes venezolanos”.

TULIO FEBRES CORDERO

 

Preliminares

Desde las primeras veces que se vá a escalar a la Sierra Nevada de Mérida, uno comienza a oír de la leyenda de las “5 Águilas Blancas”, la formación fantástica de los 5 picos que al menos hasta principios del siglo XX tenían glaciares o “nieves perpetuas”. Hoy día, literalmente sólo se puede hablar de “2 Águilas Blancas y 3 Grises”: únicamente el Bolívar y la Corona poseen glaciares, en vías de extinción de por sí; sin embargo la atracción por llegar a la cumbre de “las Cinco” sigue siendo quizás la misma para cualquier montañista venezolano.

La Sierra Nevada tuvo su “Época de Oro”, que comenzó con la escalada del Bolívar por Bourgoin, Domingo Peña y Weiss, en la década de 1930. En abril de 1946 se escala la cumbre del León, la última Águila Blanca que faltaba por ascender… los detalles, excepto los nombres de los escaladores –Hugo Matheus y Baltazar Trujillo- no se saben. En el interín se había llegado a las cumbres de La Concha, el Bonpland, el Abanico (en el macizo del Bolívar) y el Ruiz-Terán (cumbre vecina al Humboldt). La “Época de Oro” culmina en los 50´s con los magistrales ascensos al Bolívar por sendas rutas por los glaciares de la Cara Norte y de la Cara Este, por Vinci, Kiener y otros escaladores; éstas caras (en especial la Norte), eran consideradas por los montañistas criollos más asiduos a la Sierra, como “imposibles de escalar”.

Una vez hechas estas hazañas, el deporte del montañismo tomó interés en la antigua leyenda de las “5 Águilas” y el Club Andino Venezolano (antiguo Centro de Excursionismo de Mérida) estableció la Medalla de las Cinco Águilas Blancas, para las personas que completaran la ascensión a las cimas de todos los picos. Hubo cierto interés en hacer la totalidad de los picos, especialmente entre los montañistas que más frecuentaban la Sierra y uno que otro extranjero; sin embargo la mayoría de los que visitaban la Sierra se conformaban con uno de los picos, el más alto, el Bolívar. Luego se quedaban contentos con haber estado en el punto más alto de Venezuela, aunque hubiese sido una vez.

Hoy en día el Pico Humboldt es quizás el más escalado de la Sierra, sus todavía amplios glaciares son el mayor atractivo; es seguido en frecuencia por el Bolívar, por ser el más alto. Todos comenzamos escalando por tanto el Humboldt. En enero de 1997, con el Club de Excursionismo Guayacán y simplemente siguiendo el mapa, escalamos La Concha, un día después de haber escalado por cuarta vez al Humboldt. En noviembre de ese mismo año, estaba al lado del Busto de Bolívar en la cúspide de Venezuela, en una excursión un tanto improvisada, en la que también estuvimos en el Humboldt. En la Semana Santa del año 1998, en el Curso de Alta Montaña del Centro Excursionista Universitario de la UCV (CEU-UCV), subimos un grupo, entre los que estaban Gladys Rodríguez y Francisco Rojo, a La Concha. En la Semana Santa del siguiente año, un grupo integrado por Gladys Rodríguez, Gabriel Camacho, Francisco Rojo y Nelson Venturini, llegó a las cumbres del Humboldt, Bonpland, La Concha y el Bolívar; fue una excelente excursión que llamaron “Las 3 Águilas”, en la que resalta el ascenso del Glaciar Norte de La Corona (mal llamado “Noreste”), llegando en ese mismo día a las cumbres del Humboldt y el Bonpland; resalta también el día de cumbre en La Concha, cuando continuaron hasta Timoncitos en la base del Bolívar y casi escalaron en ese mismo día dicho pico, llegando hasta mitad de la ruta y devolviéndose por la hora; lo escalaron al día siguiente. Se había demostrado con el logro de ellos, que el ascenso encadenado de los picos más altos de la Sierra era factible, lo que hacía falta era buena logística, experiencia y preparación física.

Ese mismo año (99’), en septiembre-octubre, centré mi interés en las “Águilas menores”: el Toro y el León, de aparente menor dificultad técnica. Junto con Juan Andrés Urosa, de la facultad de Medicina y partiendo de Los Nevados llegamos hasta el Alto de la Cruz; ese mismo día subí en solitario a la cumbre secundaria del Toro, el Cuerno Oriental, el primer pico que se escaló en la Sierra Nevada (1868, por P.H.G Bourgoin). Con campamento en la Base del Toro, hicimos un intento de cumbre al León, aunque no pasó de ser una mera aproximación; el León demostró ser de considerable exigencia física debido a la altura y a lo largo del trekking hasta la Base, que debe hacerse en una sola jornada, ida y vuelta, sin contar con el ascenso en sí. El Toro, en su Cumbre Máxima (Cuerno Occidental), se convirtió para mí en el más fácil de escalar de la Sierra, con unos pasos de cuidado en la zona cimera, pero no de tanto cuidado como en el Cuerno Oriental.

Camacho en un evento de ascenso múltiple a las 5 Águilas al que fue con otro grupo del CEU, llegó también a la cumbre del Toro; llegaron además a una cumbre del León, aunque no a la Cumbre Máxima.

En enero de 2001, guiando a un grupo del Club de Excursionismo Guayacán llegamos de nuevo Camacho y yo, por segunda vez, a la Cumbre del Toro (Occidental) y al día siguiente salimos muy de madrugada al León. A las 8 de la mañana y estando a la vista de todos los picachos del macizo, decidimos escalar uno que aparentemente podría ser la Cumbre Máxima. Subimos pasando dos campos de morrena de piedra suelta, muy inclinados y finalmente llegamos a la base de una pared de roca; hicimos un tramo de escalada clásica por una grieta bastante inclinada y llegamos al picacho, al que bautizamos “Los Gabrieles”, sólo para darnos cuenta que el que estaba a nuestro lado, a unos 150 metros lineales y 30 metros verticales más alto, era la verdadera Cumbre Máxima. Por la hora y la necesidad de estar ese mismo día en Mérida, además de lo imprudente de encadenar ambos picachos por la inestable cresta que los unía, regresamos a nuestro campamento con el tiempo justo para agarrar uno de los últimos teleféricos. Sin embargo descendimos con “alguna” idea de la verdadera ubicación de la Cumbre Máxima…

Para finales de ese año nuestros planes eran escalar definitivamente y en una sola excursión, las Cumbres de las “5 Águilas”, aunque la preparación no fue muy intensa, cumplimos un plan de entrenamiento moderado y a finales de noviembre, en una finca en Charallave del abuelo de Camacho y mientras comíamos una parrilla, dimos los últimos toques a la logística de la expedición: el Menú. El grupo, por motivos profesionales, quedo reducido, de 5, a sólo 3 personas.

He aquí el relato de la Expedición…

Gabriel París - Caracas, febrero 2003


Expedición “Las Cinco Águilas Blancas”

Integrantes:

- Gabriel Camacho: “Camacho”. 24 años. Ingeniero Mecánico. UCV, 2001.
- Francisco Rojo: “Fran”. 25 años. Ingeniero Eléctrico. UCV, 2001.
- Gabriel París. 23 años. Estudiante de Medicina. Razetti-UCV.

Día –1 (menos uno):

Viernes 7-12-2001:

Salimos a las 9:00 pm del terminal de la Bandera hacia Mérida (en Expresos los Llanos); somos 3: Gabriel Camacho, Francisco Rojo y Gabriel París. Nuestro objetivo: escalar la cumbre de las 5 Águilas Blancas: El Bolívar, La Corona (Picos Humboldt y Bonpland), La Concha, El Toro y el León. Antes de arrancar, Francisco se peleó con el tipo que estaba a su lado apenas montarnos, pues él pensaba que le tocaba la ventana y el tipo estaba precisamente ahí; como no se moviera, salió para protestarle al conductor, pero éste le dijo que su boleto era pasillo; tuvo que pedirle las disculpas al tipo y se sentó a su lado... en el pasillo, pero al poco rato, como viera que estábamos hablando demasiado (Francisco con nosotros dos, que estábamos en los dos asientos de atrás), el tipo solito se paró y se fue a unos asientos desocupados de atrás, dejando a Francisco los dos asientos para “echarse”. Durante la primera parte del viaje nos pasaron una película con Silvester Stallone sobre Fórmula 1, bastante emocionante pero muy cobera. Luego que terminó, se apagó todo y nos quedamos entre despiertos y dormidos; a pesar que era un “Bus-cama”, los movimientos que hace el autobús en la carretera no te permiten agarrar sueño profundo por mucho tiempo. Hicimos una parada en medio de la nada... ¿dónde carrizo estábamos?, difícil decirlo a menos que hubiésemos preguntado a los conductores, cosa que no hicimos... de vuelta en el autobús nos quedamos otra vez con ganas de dormir algo.

 

Día 0:

Sábado 8-12-2001, Día de la Inmaculada Concepción:

Mucho tiempo después, el autobús hizo otra parada en Sabana de Mendoza, esa parada sí la reconocí porque me paré ahí una vez viniendo de Mérida y sí le pregunté al conductor; son inconfundibles además los bancos y sillas hechas de troncos cortados... la parada era un poco más tranquila que la otra, no había tanta gente y estaba más limpia, dentro de lo que cabe. Les dije a Francisco y Gabriel Camacho que ahí, en frente de nosotros, pero mucho más arriba, por supuesto, estaba el Páramo de La Culata, sitio muy bueno para hacer excelentes “Trekkings”. Nos montamos de nuevo para continuar sin más paradas que 1 sola para dejar a unos cuantos pasajeros en El Vigía... ya estaba más que amaneciendo. Luego llegamos al inconfundible terminal de Mérida a las 9:00 am; un niño de máximo 13 años, con un chaleco que lo identificaba como trabajador del terminal nos iba pasando nuestros morralotes... me regañó incluso cuando le dije que me pasara mi morral “¡Espérese, que ya se lo paso!”. Tomamos taxi hasta la Pedregosa Alta, Sector Los Sarache, hacia la casa de Julio e Irama, amigos de mis papás y míos, donde me quedo cuando voy a escalar a la Sierra. 4000 Bs fue lo que pagamos, según una tabla de precios publicada en la pared del Terminal. Una vez allí, después de saludar a los de la casa y llamar a Caracas, salimos de nuevo para desayunar en el Mercado Principal de Mérida y hacer las últimas compras de artículos perecederos, de los cuales llevaríamos bastantes a la montaña. Después del excelente desayuno (Desayuno especial, 2000 Bs, 2 arepas andinas, 400 Bs., 1 refresco, 400 Bs... para todo los demás MasterCard) y de comprar un paquete de 10 arepas andinas a 1600 Bs, continuamos hacia el Mercado Soto Rosa y compramos ahí el pollo entero, chuletas ahumadas, vegetales, queso ahumado, frutas, etc. A las 2:00 pm estábamos muy cansados y con algo más parecido a un dolor de cabeza que a un mareo, como un sopor que te llamaba a dormir. Tomamos un carrito supuestamente para comer un helado en “La Coromoto” (Plaza el Llano) pero estaba cerrada. Caminamos hacia la Plaza Bolívar y en la Casa del Turista compramos unas postales antiguas de Mérida, yendo hacia el sitio para tomar el carrito, Francisco y Camacho compraron unas navajas suizas por muy buen precio; luego tomamos el carrito de nuevo para la Pedregosa Alta.

En la tarde no hicimos gran cosa, excepto a las 7:00 ir a Misa en la Capilla al lado de los Sarache, luego de lo cual comimos pizza en un negocio un poco más abajo. De regreso en la casa de Julio e Irama terminamos de repartir todo el equipo y comida colectiva y metimos lo que pudimos en los morrales. Nos acostamos como a las 12:00 am del...

 

Día 1:

 

Domingo 9-12-2001:

Nos levantamos como a las 8:30 am, bastante tarde... íbamos a salir de una para la plaza Las Heroínas a agarrar el jeep para Los Nevados, yo particularmente estaba preocupado por eso, pues la noche anterior me fue imposible comunicarme con algún conductor para acordar el punto y hora de encuentro; el hecho es que todos estaban “enrumbados” arriba en dicho pueblo por las fiestas de la Inmaculada. Pero apenas preguntarle a Irama por si los carritos estarían ya haciendo viajes para la ciudad, me dijo que no nos iríamos sin antes desayunar, aquello era una invitación para un excelente desayuno con arepas de maíz, perico, caraotas, etc.

Con lo del desayuno terminamos llegando a la plaza “Las Heroínas” como a las 11:00 am, a pesar que Julio e Irama nos llevaron en la Caribe.... por supuesto que no había rastro de conductores por todo eso y tuvimos que decidir por subir en Teleférico hasta Loma Redonda; de esta manera, llegábamos al primer Campamento Base un día antes y tendríamos que consumir unas comidas antes de lo previsto; tratamos de comprar algo en una panadería cerca, pero lo máximo que pudimos hacer fue comprar los huevos, que igual teníamos que comprar. Lo que sigue fue una sucesión de hechos rápidos, casi hasta que el teleférico nos dejó en Loma Redonda: Francisco ya había comprado los boletos de teleférico (3200 Bs cada uno) y nos estaba apurando para que nos metiéramos de una vez en la estación (Barinitas), a la vez que decía que teníamos que comprar el permiso en la taquilla de INPARQUES; pero todo fue tan rápido, que entrando a la estación con mi morral, ya nos estaba diciendo que corriésemos, pues el último carrito estaba saliendo en ese momento y esperaban sólo por nosotros... ni siquiera supe por dónde estaba la bendita taquilla de INPARQUES. Adentro ya y saliendo el carrito nos dijo Francisco: “¡No compramos el permiso!”... “¡Qué se le va a hacer!”. En cada una de las estaciones nos dijeron que teníamos 10 minutos: en La Montaña fuimos en dirección al Restaurant y desde allí contemplamos Mérida, en La Aguada sólo tuvimos tiempo de llevar los morrales a la cola para el carrito y allí esperamos a que abriesen la otra cabina. Aquello era un fastidio: nos teníamos que montar de últimos y salir de primeros pues por lo voluminoso de los morrales, solo cabían en la entrada, molestando al cabinero; sacarlos tenía que ser muy rápido, pues los otros turistas salían casi corriendo emocionados para ver la Estación.

Ya en Loma (Redonda) salimos a la zona donde amarran las mulas los arrieros y yo iba pensando en tomar una mula para Los Nevados, sea con Francisco, a quien le gustaba la idea, o solo; quería ver las fiestas de la Inmaculada y al día siguiente regresarme caminando hasta el campamento, pero a Camacho no le gustó la idea porque implicaba separar al grupo. Así que sólo contratamos las mulas hasta Alto de la Cruz y de allí caminaríamos con los morrales hasta la Base del Toro, el primer Campamento Base; ese tramo de más o menos ½ hora, que incluía 2 mulas para los morrales y el arriero, nos costó el impresionante precio de 11000 Bs, si yo hubiese ido a Los Nevados (3 horas más) hubiesen sido sólo 2000 Bs adicionales.

Habían 3 morrales y una bolsa que contenía los perecederos que no se pudieron meter en los morrales: chuletas, pollo, huevos, frutas, etc.; esa bolsa el arriero no la consiguió meter en ninguna de las mulas y ofreció llevarla él, pero preferí que fuese yo quien la llevase, no hubiese sido que luego nos pidiera una suculenta propina; de esa manera salimos rumbo hacia Alto de la Cruz en caravana junto a las mulas; yo me adelanté con mi inmensa bolsa negra para poder llevarla primero al sitio del Campamento Base y estar de regreso para cuando ellos llegasen a la Cruz. A pesar de haber subido hasta los 4000 metros de un solo “guamazo” no me sentía mal y poco a poco fui dejando de un lado la laguna de los Anteojos, atravesé el bosque de Coloradito y finalmente subí los últimos zig-zags antes de la Cruz; aquí se pararían las mulas para bajar los morrales, sin embargo yo no me detuve, en cambio continué para la derecha, hacia el camino de la base del Toro y pegado de la pared que hacia arriba continúa para el cuerno Oriental del mismo; ahora pasaba por un sitio verdaderamente solo y comenzaba a acostumbrarme a esa soledad que sería característica para nosotros en la siguiente semana. En el sitio del campamento, al cual tardé en llegar como 20 minutos, más de lo que tenía planeado, dejé la bolsa entre unas grandes piedras, justo en el sitio donde cociné cuando acampamos allí en enero, con Guayacán. Inmediatamente me regresé, pues calculaba que ya la caravana debía haber llegado a la Cruz; en efecto cuando ya estaba cerca del collado que es Alto de la Cruz oí, a través de la neblina, las voces de Francisco y Gabriel acomodando las cosas, cuando los pude ver, los morrales ya estaban abajo y el arriero se había ido; al verme, Francisco protestó por haberme adelantado: estaba pegando viento y tenían frío de tanto esperar.

Nos montamos los morrales y fuimos hacia el campamento, a pesar que estaba muy nublado no parecería que fuese a llover. Llegamos como en ½ hora al sitio donde dejé la bolsa y nos pusimos a montar la carpa, un poco con frío porque montamos la carpa antes de ponernos los abrigos; apenas terminando de armarla comenzó a lloviznar, no tan fuerte pero sí constantemente, nos guarecimos en la carpa y comenzamos a preparar comida: arepas andinas con queso ahumado.... ¡excelente!. Al rato y en vista que no dejaba de llover, Camacho se asomó afuera: lo que vió era un verdadero río en frente de la carpa y todo el sitio donde estábamos (una laguna en época de lluvia) se empezó a inundar, quisimos retrasar un poco la evacuación inminente del sitio, en espera que la llovizna cesara, pero fue inútil: tendríamos que salir de la carpa, sacar todo el equipo, llevar la carpa a un sitio elevado y buscar otro plano que no estuviese tan mojado para volver a montar nuestro campamento. Una vez que estuvo toda la ropa de abrigo en bolsas plásticas dentro de los morrales, así como los sacos y aislantes, y la carpa en un lugar alto -sobre un saliente inmenso de roca- cada uno se fue por su lado a buscar un sitio lo mejor posible; yo conseguí un sitio bueno y relativamente seco, pero muy lejos: más allá, como unos 30 metros, de Pozo de Águilas; otro era hacia la pendiente que bajaba del Cuerno Oriental, justo a donde había tenido que mudar la carpa dos años por una situación similar, pero no le gustó a Francisco, que en cambio había encontrado un sitio seco, pero expuesto al viento pues daba al valle del camino de Los Nevados. Nos decidimos por ese por tener poca cuenca de agua (apenas 8 metros de pendiente arriba), lo único que tuvimos que acondicionar el sitio, es decir, ponerlo más plano porque tenía unos pedazos de mogotes de “chispeador” en una de las esquinas, y las típicas rocas enterradas donde justo uno tiene que acostarse; para eso usamos los piolets, y con el material (especialmente las raíces de chispeador) nivelamos algunas partes del suelo. Ahí montamos el campamento definitivo. Entramos a la carpa bastante empapados, por suerte los abrigos y los sacos de dormir estaban secos. Estuvimos hablando algo de pistoladas hasta que nos dormimos.

Día 2:

 

Lunes 10-12-2001:

Día del Paro Nacional en contra del mamarracho de Chávez, ninguno de nosotros es chavista y particularmente yo estoy seguro que no le queda mucho tiempo de gobierno, tiene bravos a la mayoría de los venezolanos, pero es incapaz de darse cuenta de eso, es demasiado orgulloso. Pero aparte de todas las consideraciones políticas, salí de la carpa como a las 9:30, día despejado, por lo menos hasta ese momento; cuando les dije a los otros dos adentro de la carpa que se levantaran, Camacho dijo que no porque ellos también se iban a unir al Paro...

Aún así se levantaron al rato y comimos cualquier cosa, de todas maneras no podíamos comer mucho pues ese desayuno se suponía que lo íbamos a hacer en la posada de Los Nevados. Luego comenzamos a sacar de la carpa todo de nuevo, pues íbamos a secar las cosas, especialmente los rompevientos, que estaban empapados, y desmontar la carpa para poner un colchón de hojas de frailejón debajo y construir unas canaletas; tan bueno era el Sol que estaba pegando que yo me eché en shorts sobre unas piedras y me tapé la cabeza con una franela, mientras Francisco y Camacho trabajaban... tuve que estar mucho tiempo así, pues cuando me incorporé de nuevo, ya tenían hecha por un lado de la plataforma donde estaba la carpa, una excelente canaleta de piedras y barro paramero. Estaban –especialmente Francisco que estaba descalzo- como unos alfareros: con los pies y las manos llenos de barro.

Camacho y yo hablamos el día anterior de un supuesto plan de bajar al collado entre el Toro y el León y seguir hacia la laguna El Montos, para luego bajar al lado del río del mismo nombre (que sale de la laguna) y alcanzar abajo el camino de Los Nevados, subiéndolo y llegando de nuevo a Alto de la Cruz; un periplo bastante bueno para entrenarse, pero con todo el trabajo que tuvimos ya era demasiado tarde para salir, nos quedamos en cambio ahí y aprovechamos para sancochar el pollo; separamos las presas y las guardamos y con el caldo, al que agregamos cubitos, ajos, cebollas y papas, hicimos tremendo sancocho de pollo para la tarde-noche.

Seguíamos a la vez hidratándonos, descansando y oyendo por el radiecito que traje todo el acontecer del Paro Nacional: todo un éxito, había una emisora que se comunicaba con el jefe de Fedecámaras de cada Estado, el cual le mencionaba qué porcentaje de paralización se había alcanzado: al menos más de 90% de paralización en cada Entidad. El día abajo en el “Mundo común” estaba bastante tranquilo, a pesar de las amenazas de saboteos al paro y saqueos, hechas por los pendencieros chavecos... nosotros también pasamos bastante tranquilos el Paro, a pesar que sí trabajamos bastante. Llegué a sintonizar incluso un emisora de Colombia, que también estaba al tanto de lo que pasaba “en el vecino País”.

Ya en la noche preparamos los morrales con todo el equipo necesario para el día siguiente y nos acostamos temprano, la caminata sería larga hacia el León, nuestro primer reto, y tendríamos que salir temprano hacia allá; una vez en la base del macizo, tendríamos que conseguir el camino hacia la cumbre: el León era la única Águila Blanca que se había resistido a que la coronásemos, lo que incluía dos intentos por persona para Camacho y para mí (uno de ellos en conjunto).

Día 3:

 

Martes 11-12-2001:

A un cuarto para las 5 de la mañana, como en anterior ocasión para Camacho y para mí, sonó la alarma de un reloj... 5 minutos para decidirse entre la calidez del saco y lo gélido del ambiente interior de la carpa... hasta que el pensamiento del reto a cumplir me hizo decidirme a salir y abrir la puerta, para hacer una infusión; prendí la MSR, que también como en anterior ocasión iluminó con su pequeña explosión inicial todo el porche y parte del interior de la carpa, para luego disminuir en luminosidad y tornarse en la ordenada, uniforme y potente llama azul.

Adentro ya Camacho y Francisco estaban rebanando el queso ahumado y picando los croissants en dos. Luego que estuvo lista, al rato, la infusión, Francisco tomó mi puesto y comenzó a calentar, con la Camping (Gaz) los trozos de pan y rebanadas de queso, y cada vez que uno estaba listo (croissant, más queso ahumado derretido y mermelada), decían: “¡Sale uno!”. Todo el proceso nos llevó más o menos tiempo, tanto que fue sólo a las 6:20 am que pudimos empezar a caminar.

Pasamos las varias lagunitas que están en toda la base del Toro, y tomamos un camino distinto al que habíamos tomado anteriormente para llegar al alto que está por debajo de la cumbre máxima; por este camino, aunque bastante empinado, llegamos más directamente a ese alto; en ese punto paramos para que Francisco se quitara el mono, que le estaba dando calor, mientras yo aproveché para contestar a un llamado de la naturaleza. Ya venía amaneciendo, y en ese momento se estaba iluminando la Norte del Bolívar con ese color entre rosado y amarillo oro del Sol Naciente en las montañas.

Ahora comenzaba la casi interminable bajada entre los dos macizos; al principio el camino pasa por unas garganticas las cuales hay que bajar en destrepe. En una parte de la bajada, ellos se metieron por un camino que iba un poco más arriba y a la derecha mío, yo luego tuve que empatarme también a ese camino, lo que me obligó a atravesar un terreno fastidioso lleno de frailejones y piedras; algún tiempo después de pasar un terreno lleno de piedras sueltas, de todos los tamaños, llegábamos al “boulder” que marca el punto más bajo, el collado del camino, entre los dos macizos (Toro-León); ahora venía una corta subida, hasta llegar a la parte de atrás del León, si se vé desde Mérida. Por todo ese tramo íbamos viendo de lado la cresta del León, y Camacho se esforzaba por reconocer el sitio por donde había subido él la primera vez, cuando llegaron a una cumbre secundaria.

Después de terminar la corta subida (en comparación con la larga bajada desde la parte de atrás del Toro), se llega a un terreno bastante plano, de morrenas relativamente lisas y alguna que otra piedra suelta, se va pasando de lado por varias lagunas, a veces más grandes que las que se ven en la Base del Toro.

Eran como las 9:00 am y estábamos ya pensando en qué momento tendríamos que doblar hacia la derecha y arriba para comenzar el ascenso propiamente dicho; siempre preguntábamos a Camacho que era el que tenía más experiencia en ese pico, pues había llegado a una cumbre desde la que se veía la verdadera cumbre máxima; según nuestros cálculos, teníamos que caminar más “hacia allá” en dirección SO, hasta terminar de pasar casi todos los picos del macizo, pero “no tan allá” como habíamos hecho en Enero, pues llegaríamos al valle con empinadas morrenas de piedra suelta que comunicaban sólo al Pico “Los Gabrieles”; desde ese valle, calculábamos, la comunicación hacia la zona de la Cumbre Máxima, sería muy difícil, tanto como para no denominarla la ruta “Normal”. Luego de haber ido “bastante allá” y pasar derrumbes de piedras inmensas del tamaño de una casa, habían mojones que hacían desviar el camino hacia la derecha, como esperábamos; aparentemente nos conducían hacia una gran morrena de piedra suelta que descendía en ángulo pronunciado entre dos picos: el de la derecha un poco más bajo que el de la izquierda, el cual de hecho se perdía de vista más allá de las paredes rocosas hasta incluso no verse el punto más elevado. Además estaba hacia la izquierda, la dirección en que sabíamos que estaba la Cumbre Máxima según fotos de lejos que teníamos del León. Este sería el orden de derecha a izquierda: el pico de la derecha de la morrena, la morrena de piedras sueltas, el pico de la izquierda (Cumbre máxima?) y el Pico “los Gabrieles”. Todo muy bien, excepto por un pequeño detalle: Camacho pensaba que el pico de la izquierda, no era la Cumbre Máxima, pues él –según- había subido a ése y desde ahí, mirando más a la izquierda todavía, se veía otro pico más elevado; según él, la Cumbre Máxima debía de estar entre el pico de la izquierda y “los Gabrieles” y si lo que decía Camacho era correcto, por la morrena que teníamos en frente no se subía, pues él aquella vez había subido por ahí y no había camino seguro para llegar al pico más alto. Consecuencia: no sabíamos que hacer... pero teníamos que movernos, así que seguimos buscando mojones. Nos adentramos en la parte más baja de la morrena y en vez de ascender por ella, tratamos de continuar hacia la izquierda, para buscar un posible camino que milagrosamente subiera en esa dirección a la cumbre máxima. Comencé a dejar a Gabriel y Francisco atrás y me iba quedando solo, aquello me asustó, pasé un último y solitario mojón y después de aquel no ví más ninguno a medida que seguía hacia la izquierda e iba buscando entre las empinadas paredes de arriba y a la derecha, algún pasaje a la zona cimera, cientos de metros arriba. Iba pasando ahora por un terreno bastante pedregoso y suelto, otra morrena, que hacía lomas delante de mí; ví algunas grietas en el piso producto evidente de una tormenta fuerte que hizo aparecer avenidas repentinas de agua por allá arriba; cada loma que pasaba me hacía pensar que encontraría el pasaje, pero cada vez que pasaba una nueva, me daba cuenta que no... finalmente oí un ruido característico de rocas derrumbándose y en vista que estaba solo, decidí devolverme, estaba fuera de vista de mis compañeros y seguir hubiese sido imprudente.

De regreso a la vista de ellos, Gabriel estaba definitivamente subiendo la morrena famosa y Francisco ya no se veía, estaba por ahí mismo pero más arriba; me alegré que lo estuviesen haciendo, pues luego de toda la experiencia por esa zona, el único camino posible era por allí. Francisco iba bastante arriba cuando lo llegué a ver, Camacho no tan alto, los dos buscando mojones, que no se dejaban ver. Subiendo constante, llegué a pasar a Camacho y tiempo después a Francisco, ahora estaba cada vez más cerca del collado entre los picos, hasta que en un momento, Francisco, más detallista que nosotros, se acercó a la pared que limitaba por la izquierda a la morrena y gritó “¡Unos mojones!”; en efecto unos tímidos mojones parecían llevar a una repisa hacia la izquierda, expuesta sobre unas empinadas paredes de rocas, con alguna que otra pequeña roca solitaria. Nos reunimos los tres por esa entrada y discutimos sobre si usar la cuerda y empotradores o continuar sin ella; decidimos trepar sin cuerda, aunque teniendo cuidado con las piedras sueltas; ya desde que subíamos por la morrena usábamos el casco. Comenzamos la travesía por la repisa e inmediatamente habían como 3 mojones más arriba, lo que nos hacía salir de la repisa y hacer unos pasos más expuestos, por grietas y pequeños agarres que hacían la ruta oblicua hacia arriba y a la izquierda, hasta finalmente, pocas decenas de metros más arriba, alcanzar otro campo de piedra suelta, más seguro que los pasos anteriores. Ahí me adelanté un poco y luego de haber hecho una travesía por ese campo nuevamente hacia la izquierda (dirección SO), unos mojones llevaban el camino hacia arriba, con algo de inclinación en un terreno inestable que se desmoronaba con cada paso que se daba; pasamos por la izquierda de una formación rocosa de unos 7 metros de altura. Y justo ahí otros mojones más arriba desviaban el camino hacia arriba y a la derecha, bastante, como queriendo buscar nuevamente la parte superior de la morrena inicial; coletazos de niebla errante que subían del valle de Los Nevados allá abajo, amenazaban con taparlo todo, dejando esa desagradable sensación de frío e inseguridad por no ver a más de 100 metros en línea recta, sin embargo las nubes se difuminaron y ahora el Sol brillaba intensamente. Salimos del terreno de piedra suelta para alcanzar la zona de la cima de la morrena, el collado. En este momento me detuve para esperar a los otros, pero justo en toda la cresta: Mérida estaba ante mí más magnífica y despejada como nunca antes la había visto, ni siquiera la vista desde la cumbre del Toro en Enero, con el cielo como lo teníamos de despejado, se comparaba a aquella que tenía ahora.

Del lado de Mérida, estaba una repisa bastante ancha de piedras asentadas y que iba en línea recta hacia nuestra izquierda (dirección SO), la dirección precisa hacia donde debía estar la cumbre. Caminé por ahí para vistear lo que seguía y efectivamente ví dos picos fáciles de llegar que estaban a la izquierda de la repisa, el último de más allá, a unos 50 metros, debía ser la cumbre, pero me devolví y los esperé en el punto por donde alcancé el collado.

El pico Bolívar, que siempre había estado a la vista, reflejaba ahora bastante Sol en su glaciar Norte; a su derecha, muy lejos, estaba la Corona; esa sí que se estaba nublando rápidamente y parecía que no se iba a despejar; a la izquierda del Bolívar estaba el Toro, visto de lado, se veía bastante pequeño en comparación a la vista que de él teníamos en nuestro campamento. Francisco ya venía escalando en forma segura hacia arriba y luego de solucionar unos pasos de escalada un poco más exigentes, estuvo en la cresta, al mismo nivel mío, llegó también Camacho y cuando le dije que la cumbre máxima estaba hacia la izquierda, dijo que creía que esa era la que él había alcanzado, así que no creía que fuese la Cumbre Máxima. Ante el espectáculo que teníamos en frente Fran sacó la cámara de video y yo tomé unas fotos panorámicas, tuve que esperar incluso unos momentos con la cámara cerca de mi cara, pues nubarrones taparon el Bolívar rápidamente y tuve que sincronizar un “medio-despeje” del Bolívar con uno de la Corona.

Una vez que Fran guardó la cámara, nos encaramamos en la repisa, pasamos el primer picacho de la izquierda y al estar más cerca del segundo (¿la Cumbre máxima?), vimos en él un mogote de piedras puestas evidentemente por el hombre de la punta del cual salía un palito. En dos minutos, sin ningún peligro ni problema, estábamos ahí...¡estábamos en el Picacho más alto del León!, ¡¡¡nada más alto que nosotros!!!: ¡Cumbre...!, eran las 10:30 am.

Camacho volteó y se quedó viendo al otro pico, el de la derecha de la famosa morrena, que ahora se veía evidentemente más bajo y pensativo con la mano en el mentón, dijo que ahora le parecía que era ése el que había escalado aquella vez. Entre las rocas puestas en la cumbre, había un tubo de rollo de fotos que al abrirlo tenía unos papelitos muy mojados que intenté desdoblar, pero viendo que los empezaba a romper, los dejé al Sol para secarlos y al rato, por lo poco que pude leer, parecían de dos ascensiones del CEL-Senior. Comimos lo poco de ración de marcha que teníamos y tomamos agua, también tomamos algunas fotos de cumbre con la cámara de fotos, que como no tenía función automática, no salíamos los 3 al mismo tiempo, pero Fran colocó la cámara de video en el piso y cuadrándola, logró tomar con la función de cámara digital, una foto de los 3 en la cumbre. En ese momento le recordé a Francisco que Camacho con esta cumbre ya había completado las 5 Águilas Blancas…. lo deberíamos llamar entonces “Camacho Messner”.

Después Camacho y yo, recordando los momentos de la escalada del pico “Los Gabrieles” en enero, bajamos por las piedras que iban en esa dirección para tratar de ver la ruta de escalada... ahí estaba el pico, mucho más debajo de nosotros, como unos 30 metros verticales y 150 en línea recta; pero más impresionante era ver la grieta por la que habíamos subido: muy inclinada y alta, tanto que hacia abajo quedaba tapada por unas paredes y no se lograba ver el sitio donde comenzamos nuestra escalada; tampoco quisimos asomarnos más, pues de aquella vez nos quedó grabado lo empinado de los contrafuertes de roca por el lado de la Cumbre máxima, es decir, donde estábamos ahora, y no sabíamos cuál de las piedras que teníamos en frente terminaba con el profundo precipicio. Francisco nos filmó con nuestro logro de aquella vez atrás nuestro.

De nuevo en la cumbre, Fran y Camacho se quedaron en el punto más alto comiendo algo mientras yo bajé unos pasos hacia el lado de Mérida y me senté ahí sintonizando el radio; al parecer, luego que el Paro fue un éxito, no hubo hechos de violencia que lamentar, aparte del discurso insultivo de nuestro “excelentísimo” Presidente y las hordas de chavecos que por El Bosque se acercaron a Fedecámaras, pero que fueron repelidos por la PM. Después de eso, decidimos bajar. Alistándose Fran y Camacho, me dirigí al primer picacho que pasamos, pues desde donde estábamos parecía ser o tan alto o quizás un poco más alto que donde estábamos; llegué a su base y los últimos 3 metros tuve que escalarlos con cuidado; pero una vez mi cabeza a nivel de su punto más alto y voltear hacia Camacho y Fran, fue evidente que ellos estaban en lo más alto del León; pero no fue infructuoso mi ascenso hasta ahí, pues encontré otro tubo de rollo fotográfico con un papelito un poco más seco, pero esta vez del Centro Excursionista Caracas.

Me reuní de nuevo con mis compañeros en la cumbre del León y nos regresamos de nuevo por la ancha repisa en dirección al collado. Una vez ahí destrepamos con cuidado los pasos finales de la cresta y desviamos hacia la derecha, para entrar al terreno pedregoso y hacer de nuevo el zig-zag alrededor de la formación rocosa de 7 metros de alto. Toda esa parte la hicimos arrastrando los pies por el terreno, el cual se desmoronaba fácilmente bajo nosotros y hacía el descenso más fácil. Así hicimos hasta alcanzar de nuevo el sitio expuesto que llegaba de nuevo a la morrena, cerca de donde Fran vió los mojones. Esos pasos antes de llegar a la morrena fueron de cuidado, como durante la subida, pero esta vez tampoco colocamos la cuerda; no nos detuvimos mucho ahí. En este punto hice unos 2 mojones para remarcar el camino. Igualmente bajando por la morrena, en los sitios donde estuvimos dudando mucho por la ausencia de marcas... tantos mojones construí que perdí la cuenta. Al mismo tiempo todo se nubló y ya no había cielo azul, todo estaba muy en silencio, sólo interrumpido por el ruido de los continuos mini-derrumbes que hacíamos con la marcha. Todo el descenso hasta la base fue relativamente rápido, una ½ hora, pero aún así nos pareció bastante larga la ruta, uno no se dá cuenta de eso cuando se está subiendo. Ahora que estábamos en la zona donde habíamos dudado tanto en la mañana, colocamos varios mojones en los puntos más críticos, justo donde comenzaba el desvío hacia la morrena.

Ya en la base la neblina era muy densa pero como había de nuevo bastantes mojones, no hubo peligro de pérdida hasta el punto donde comienza la bajada hacia el collado entre el León y el Toro; hicimos un alto en una de las lagunas que están por esas morrenas y tomamos video con la soledad del reflejo del agua entre los frailejones y las dos figuras de Fran y Camacho atrás, por ahí cerca me encontré un cuchillito bastante bueno de sierra, que alguien dejó olvidado. Luego, ya comenzando a bajar hacia el collado León-Toro, perdimos los mojones por desviarnos demasiado hacia la derecha, hacia el valle del camino de los Nevados, lo que nos hizo pasar por unas pendientes de piedra algo expuestas, pero al darnos cuenta, rectificamos de nuevo a la izquierda y en 10 minutos estábamos en el camino de nuevo. Vino la bajada y llegamos en poco tiempo al “Boulder”, un pequeño descanso aquí (Fran venía cansado) pues lo que venía era “candela” (la interminable bajada de la mañana, que ahora era la interminable subida). Nos lo tomamos con calma, ellos 2 tomaron el camino de una cresta y yo no sé por qué, me metí por la derecha -por ahí no era el camino- por un terreno más salvaje con mucha roca suelta y frailejones. Al final más arriba empaté de nuevo con el verdadero camino y mucho tiempo después llegaba al punto más alto, en la laguna más alta de la base del Toro, a partir de aquí todo sería bajada hasta al campamento, quedaban todavía unos 20 minutos hasta él, pasando por los varios charquitos del camino de la base del Toro; llegaron Francisco y Camacho y ellos se quedaron ahí descansando un poco mientras yo seguía para ir adelantando lo de la infusión, llegué a las 3:00 pm, al rato ellos dos y tomamos la infusión, que nos hacía falta para recuperar fluidos y calor y para meternos a descansar un rato antes de preparar la cena....

El rato fue un rato largo: entre sueño y sueño estaba ya conciente que empezaba a oscurecer y que debíamos hacer la cena, pero me entró una extraña sensación de miedo pues estaba muy cansado, y salir a ese frío de afuera era algo que era demasiado para mí en ese momento, cuando realmente pensaba en lo bueno que sería bajar a Mérida al día siguiente, los otros dos aunque no lo decían, pensaban lo mismo... las otras 4 Águilas Blancas podían esperar... también la cena... es más, capaz y no la hacíamos y no pasaba nada; pero Camacho salió de la carpa primero y estuvo acomodando no se qué afuera y nos volvió a la realidad que teníamos que salir a cocinar. Preparamos el Pan Kosher con un relleno de pollo esmechado y algunos vegetales sofritos; estuvo bastante reparador y terminamos después de todo acostándonos como a las 10:00 pm.

Día 4:

 

Miércoles 12-12-2001:

Nos despertamos a las 8:30 am, bastante tarde respecto al día anterior; lo bueno era que el pico a escalar estaba a nuestra vista: el Toro nos mostraba sus dos cuernos tan cerca que parecía que se podían agarrar con la mano. Salimos y nos pudimos quitar los pantalones de Polartec, pues al estar ya el Sol arriba, no estaba haciendo tanto frío. Mientras preparábamos los huevos con jamón y queso derretido contemplábamos la ruta y se la explicábamos a Francisco; calculábamos que sería una hora y media o cuando mucho dos horas hasta el tope, para ver la excelente vista desde el Cuerno Occidental del Toro, yo además trataba de convencerlos que podríamos también hacer el Cuerno Oriental, la primera cumbre que se escaló en la Sierra Nevada de Mérida, en 1868, por el abuelo de Enrique Bourgoin.

Terminamos saliendo, bastante tarde por cierto, a las 9:50 de la mañana y nos metimos directamente hacia arriba, por unas morrenas lisas justo en frente de nuestro campamento y en dirección hacia el Cuerno Oriental. Pocas decenas de metros más arriba unos mojones nos marcaron un camino entre frailejones que iba por una cresta del terreno; en ese momento íbamos en fila india, ganando altura lentamente y con un Sol radiante. La mega-caminata al León del día anterior estaba haciendo sus estragos: la altura nos estaba pasando factura y teníamos que caminar pausadamente, afincando cada paso como quien sube sobre una pendiente de nieve a más de 7000 metros, a pesar que estábamos a escasos 4400. Comenzábamos a atravesar campos de morrenas con roca suelta, teniendo que hacer esfuerzos para saltar de un peñón a otro, cuando entre ellos había un hueco considerable; en uno de esos huecos, encontré un pote de agua marca Fila, con un poco de agua todavía adentro, era de muy buena calidad y de hecho, creo que lo había perdido uno de los chamos de Valencia que habían venido en enero de ese año con la excursión de Guayacán.

El terreno dejaba de ser de páramo con frailejones a medida que pasábamos más campos de morrenas y ya estábamos por la zona de la base del Cuerno Oriental, mientras que abajo el sobre-techo amarillo de nuestra carpa se veía diminuto y a su derecha se sucedían los varios “charquitos” de la base del Toro. En frente nuestro estaba una subida empinada de grava, al final de la cual estaba ya la pared de la cresta del Toro; subimos esa pendiente muy lentamente y ya estábamos en lo que yo llamo la “Autopista”, un camino relativamente ancho de grava y piedras sueltas, que hace una travesía por la base de la cresta, comunicando la zona del Cuerno Oriental con la del Occidental (Cumbre Máxima); a pesar de ser “travesía”, se va subiendo en algunos tramos y así en poco tiempo llegamos al pie de la grieta o diedro que sube directamente a la cumbre máxima; llevábamos cuerda pero decidimos trepar sin ella por ahí; es impresionante, a pesar de haber subido por ahí dos veces, me pareció que la inclinación de la grieta como que había aumentado, lo que obviamente es imposible. En menos de cinco minutos de trepar con cuidado por ahí, cuidando de no soltar rocas hacia abajo pues venían atrás Francisco y Gabriel, llegué al punto del trípode, no el de aluminio de la cumbre del Everest sino uno viejo de Cartografía Nacional, de la década de los 50´; en frente, como el día anterior, estaba Mérida despejada, ya sólo faltaba hacer un giro brusco hacia la izquierda y trepar por la cresta de unos 15 metros, que pasando por encima del diedro que habíamos escalado, llevaba al punto más alto del Toro; aquí aunque la dificultad no es mayor problema, sí lo sería el hecho de pelar un agarre, pues la caída sería rodando entre 15 y 20 metros hacia abajo, hasta llegar a la base del diedro nuevamente, pero con unas cuantas fracturas adicionales, en el mejor de los casos.

Hasta la cumbre tardamos 1 hora desde el campamento, un buen tiempo tomando en cuenta que no nos forzamos mucho. El punto está marcado por una simulada cruz hecha con dos tubos de aluminio (no como la del Aconcagua) unidos grotescamente con un cable de electricidad. Es algo estrecho el sitio pero suficiente para habernos acomodado los tres e ir de aquí para allá mientras pasábamos las cámaras para las fotos de rigor. En un nicho construido con lajas de piedra encontramos otro potecito con un papel demasiado mojado para desdoblarlo intacto y leerlo; parecía que alguien se lo hubiese metido en la boca, lo hubiese mascado largo rato y luego lo hubiese escupido; eso de poner las notas de cumbre en potecitos de rollo fotográfico no funciona: igual se mete el agua. Sacamos una tira de papel impreso con la leyenda de las 5 Águilas que traíamos y lo leímos mientras Francisco filmaba, luego lo firmamos por atrás y lo metimos en el potecito, poniéndole algo de esparadrapo para tratar de sellarlo. Descansamos algo, comimos e hicimos unas llamadas de celular a Caracas; filmamos bastante el paisaje y realmente, contrario a lo que pensaba, me convencí que mejor es la vista del León que la del Toro, pues en el Toro hay un espolón rocoso que baja de la Cumbre Máxima unos 150 metros en dirección hacia Mérida, tapando parte de la visibilidad, lo cual no ocurre en el León.

Comenzamos a bajar porque ya empezaba a nublarse y a pegar frío, además teníamos que estar temprano abajo, para descansar para el día siguiente. La bajada por el diedro fue con sumo cuidado, pues igualmente íbamos sin fijar la cuerda para algún rapel. Bajando fue que me fijé que el último paso para saltar de la cresta final, al punto donde está el trípode es realmente de cuidado: o te metes del lado del diedro, con la caída respectiva a tus pies, o te metes por el lado contrario, que tambien tiene caída; por supuesto que el grado de dificultad es mínimo, y en último caso la caída no sería “necesariamente” mortal, aunque sí muy desesperante el rescate. La bajada estuvo monótona, excepto por el hecho que se nubló todo y cuando íbamos nuevamente por debajo del Cuerno Oriental, iba pensando continuamente que quería subirlo, como tenía planeado, para hacer las dos cumbres; pero al comentarle a Gabriel, me dijo que “arrugaba”, según sus propias palabras, pues necesitaba descansar para el día siguiente. Yo me conformé con su respuesta, y hasta se puede decir que prefería también no subir, pues se había nublado demasiado y la zona cimera se veía con mucho viento; ya una vez había subido a esa cumbre y no quería volver a repetir la experiencia de subirla con niebla y viento. Al campamento llegamos como en media hora, con los oídos tapados y un poco atontados, con sólo ganas de meternos en la carpa a dormitar, una sensación muy normal cuando uno recién baja de una cumbre elevada.

Para esa noche nos tocaba una lata de melocotones en almíbar y unos tortellini con salsa de tomate; era la última comida fuerte que íbamos a tener en la excursión, pues de ahí en adelante, cargaríamos los morrales y teníamos que ahorrar peso. Gastamos el resto del día descansando hablando paja; nos acostamos temprano, como a las 9:00 pm.

 

Día 5:

 

Jueves 13-12-2001:

El despertar fue temprano, pero preparar desayuno, desayunar, desmontar un campamento y meterlo todo comprimido en el pequeño espacio que son tres morrales, se tarda tiempo; en fin que primero salieron Francisco y Gabriel a las 11:00 am, rumbo a Alto de la Cruz; yo como cosa rara cuando de desmontar un campamento se trata, salí 10 minutos después que ellos, metiendo a los trancazos y amarrando fuera del morral las cosas sobrantes. El trecho fue rápido (era bajada) y en poco tiempo ya estaba viendo el camino de los Nevados y a la misma Cruz. Francisco y Gabriel habían seguido de largo y fue sólo cuando me adentré un poco por el trecho inicial largo y plano del “Páramo de la Media Luna”, que los ví como a 150 metros de mí, cuando estaban a punto de comenzar la primera pendiente de rocas de la Cresta del Gallo. Los tres habíamos bajado ya por ese camino: dos horas y media de bajadas y más bajadas, piedras y más piedras, uno que otro sitio donde destrepar metro y medio vertical... ahora sería la primera vez que los tres subiríamos y ya calculábamos cómo sería la experiencia.

Las primeras pendientes son suavecitas, como para acostumbrarse; ahí alcancé a mis compañeros y seguimos un tiempo en fila india de tres. Luego de un rato, cuando ya estábamos más adentrados en la “pared” derecha de todo ese inmenso valle donde están las lagunas del Espejo, dudamos un momento entre seguir recto o doblar hacia la derecha para ir agarrando el cambio de vertiente que necesariamente había que hacer. Nos decidimos por esto último, aunque realmente no fue tan decisión: no estábamos abriendo una ruta nueva sino siguiendo unos mojones por un camino mil veces transitado. Hasta ese momento habíamos tenido buena visibilidad, aunque a causa de la neblina no se veían ni el Bolívar ni los otros picos altos (Toro y León), pero de repente se nubló todo y ya no había vista más allá de 50 metros; en un momento, pasando al otro lado de la vertiente, me encontré solo en la zona donde ya no se vén casi frailejones, y las rocas a mi alrededor formaban una pendiente muy inclinada hacia el valle de Los Nevados; la sensación de soledad fue impresionante.

Después de haber seguido unos mojones un tanto dudosos, me encontré en un sitio elevado y no se veía camino que subiese más, sino que al contrario todos los caminos bajaban; esperé a que llegasen Fran y Camacho hasta a mí y dejamos los morrales para ir a investigar; yo me metí hacia abajo y a la derecha y bajé por una pendiente inclinada en la cual aún yendo sin morral, era de cuidado (¿cómo sería con él, que desestabiliza y hace perder el equilibrio en situaciones así?). Así llegué al verdadero camino, plano y seguro, pero bajar de nuevo por donde lo había hecho, esta vez cargando un morral sería imprudente. Me devolví trepando por donde mismo y con alivio me encontré con que los otros dos habían encontrado una salida segura, para lo que teníamos que devolvernos bajando unos metros por donde veníamos, perdimos en total unos 15 minutos. Estábamos ya en el otro lado de la vertiente, en el mismo sitio a donde llegué en mi búsqueda y el camino era una travesía bastante plana, por lo que sabíamos que pronto vendría lo bueno: la parte de las interminables pendientes de rocas que sólo culminarían en Pico Espejo.

Se veían de nuevo signos de civilización que nos decían que Pico Espejo estaba cerca: un poste que alguna vez portaba un cartel de orientación que seguramente decía “Pico Espejo”, una plancha de cinc, una lata muy oxidada de leche condensada... pronto el camino comenzó a empinarse, como era de esperar, ya venía lo bueno. Luego de uno que otro pasito fastidioso, empecé a subir unas canaletas empinadas, con piso de grava paramera, las cuales tendrían unos 50 metros de largo hacia arriba; pero las pasé como si fuese una interminable película en cámara lenta, apoyando muy bien cada paso para no resbalar y dándome tiempo así para respirar preparando el próximo. Fue cuando me recordé que debía estar por encima de los 4500.

A mi izquierda y arriba se veían unos postes alineados que alguna vez sostuvieron cables de electricidad desde la Estación de teleférico hasta algún sitio, luego todo fue obvio: la Estación estaba ahí, a unos 300 m, y los postes llevaban los cables hacia lo que era el refugio de Pico Espejo; tres horas y media luego de haber salido del campamento en la Base del Toro, estaba entrando a lo que era el basamento del Refugio, lo que significaba unas paredes sólidas como hasta el nivel de mis rodillas hechas de piedras con concreto y un esqueleto de cabillas; lo que faltaba, las paredes de madera que fueron traídas de Noruega en la década de los 50´, estaban en el piso a unos 4 metros del sitio original, hechas más astilla que madera útil: el resultado de tanto tiempo que estuvo cerrado el Teleférico. Ahí tuve el deseo que el refugio todavía existiese como tal, pues comenzaba a caer una garúa entre gotas muy frías y escarcha; saqué granola y comencé a darme unas cuantas calorías, pues las necesitaría para mantener la temperatura de mi cuerpo en las próximas horas; mientras estaba ahí se oía el sistema de ruedas y guayas funcionando, más allá de lo que la niebla me permitía ver y en una de esas se oyó un grito que uno de los operadores dirigía a todo el páramo: “¡Último carro para Méeeeeeerida!”, el grito se oyó 2 veces más. Esperé a los otros dos, que se aparecieron como en 20 minutos. El plan era llegar hasta Timoncitos ese mismo día, para lo cual esperábamos hacer el llamado “camino del Refugio”, que por ahí rodea al Pico Espejo como tal, salvando la peligrosa “Cloaca”. Pero deberíamos subir a Pico Espejo aunque fuese sólo uno de nosotros, pues desconocíamos el camino y no teníamos sino un solo yesquero; por lo tanto decidimos que, mientras Camacho y Francisco descansaban, yo subiría a preguntar lo del camino y a pedir unos fósforos a los operadores de la Estación. Me tardé unos 10 minutos subiendo, a pesar que se veía la Estación (cuando la niebla lo permitía) “ahí mismo”. Ya estaba en terreno “conocido” y se puede decir que “seguro”; recordaba todas las veces que había estado allí, desde la primera vez con mis papás hasta las veces que había subido como excursionista.

Aparentemente no parecía haber nadie, pero la puerta estaba abierta y un olor a pintura fresca se escapaba de adentro; ahí, debajo de la escalera, dos operadores con la braga inconfundible del teleférico, pintaban la pared; cuando me vieron, me preguntaron entre molestos e impresionados: “¿Y Ud dónde estaba, lo dejó el carro?”, “No, yo soy excursionista”, y se tranquilizaron. Me dijeron que lo del camino se tardaba unas 2 horas, lo que me pareció demasiado para lo que había oído de él antes, me recomendaron que durmiésemos por el refugio y que mañana siguiéramos, pues con esa neblina que había y sin saber el camino, íbamos a “parar a Los Nevados”, en cuanto a lo de los fósforos, pensaba comprarles una caja que seguro habría en la Fuente de Soda pero me dijeron que no había ni Fuente de Soda ni caja de fósforos, aunque uno de ellos solucionó el problema rompiendo un pedacito de lija de su propia caja y dándome unos 10 fósforos.

Me despedí y comencé a bajar, en ese momento se abrió la neblina y pude ver hasta el Refugio, y a Fran y Camacho que comenzaban a subir. Al alcanzarlos y decirles lo del camino, que se veía un poco difícil hacerlo dadas las condiciones, decidimos subir a Pico Espejo y dormir en la Estación para continuar al día siguiente por el camino de siempre, la “Cloaca”... más vale malo conocido que bueno por conocer. Así nos montamos los morrales y comenzamos lentamente la subida a la Estación, para ese entonces la garúa nos había empapado a todos. Subimos relativamente rápido y al llegar estaban todavía los operadores. Les pedimos algún sitio dónde poder tirar nuestros aislantes, techado y abrigado, de manera de no armar la carpa; por dentro deseábamos que nos dejasen la Estación abierta, pero eso no era la política del Teleférico, ellos se irían en poco tiempo a Mérida y cerrarían todo. Uno de ellos fue a enseñarle a Fran lo que nos podían dar; mientras Camacho y yo estábamos refugiados en el área principal de la Estación, viendo unos nuevos paneles con información a color sobre la Sierra Nevada, que habían sido puestos en ese mismo año al ser abierto de nuevo el Teleférico: había uno que hablaba del calentamiento global y ponían fotos del Bolívar hacía 30 años y del Bolívar actualmente, la diferencia son 2 glaciares (Oeste y de Timoncito) que ya no existen en la foto contemporánea; del otro lado un cartel con todas las alturas de las Sierras de Mérida, desde el Bolívar como el más alto hasta picos de 4200 metros; realmente son un ejército de montañas y ví nombres que ni sabía que existían, te los separaban además en si se ubican en la Culata o en Sierra Nevada. Gabriel llamó por celular a su casa y ahí mismo llegó Fran, con no muy buena cara: el sitio ofrecido no era muy bueno; fuimos y era por fuera de la Estación, había que salirse de las barandas para montarse en unos andamios improvisados con planchas de madera y pasar por fuera hacia el otro lado de la Estación, donde estaban las máquinas; era debajo de un techo en el que difícilmente entraríamos los tres en cuerpo completo (de las piernas hacia fuera estaríamos “a la intemperie”, por no decir que todo el sitio estaba a la intemperie), además, todo el espacio “techado” estaba ocupado por un montón de escombros que los tendríamos que apartar con no sé qué pala.... nada bueno el panorama, pues estando afuera, todavía de día, nos estábamos congelando, debido a la garúa persistente y al viento. Pero menos mal que el tipo nos tuvo compasión y nos enseñó, muy “encaletadamente”, la habitación alta que utilizan los obreros cuando se quedan a dormir, una habitación cerrada con puerta y todo, piso de madera, cocina, fregadero y hasta una mesa con sillas... la salvación; nos dejó abierto el candado y nos dijo que antes que subiese el primer carrito del día siguiente, teníamos que haber salido y trancado la puerta con el candado. Se lo agradecimos muchísimo. Metimos los morrales y fuimos de nuevo hacia la parte de la Virgen de las Nieves, y ahí nos despedimos de ellos cuando cerraron la Estación y se montaron en el carrito; bajando -lo que parecía una locura, pues el carro descendía abruptamente hacia la nada que era la pared de neblina- nos saludaron, luego desaparecieron paulatinamente en la blancura y fue difícil seguirlos con la vista.

Subimos a nuestro Refugio y comenzamos a acomodar todo lo más ordenadamente posible, a manera de no desordenar nada y al mismo tiempo tener a la mano lo que necesitáramos para cocinar y dormir. Casi inmediatamente Francisco se metió en su super-saco de plumón. Camacho y yo preparábamos la acostumbrada infusión, que nos hacía falta… la caminata extenuante a más de 4500 metros y la garúa imprevista llegando a Pico Espejo, por más Gore-Tex que tuviésemos, nos habían debilitado. Picamos a la vez un poco de mata-hambre, lo que sirvió para que Gabriel y Fran lo probaran por primera vez y eso constituyó nuestro almuerzo.... lo que siguió fue uno de los momentos más tranquilos y relajantes de la expedición: afuera la garúa se detuvo, a pesar que persistía la densa neblina; una vez dentro de nuestros respectivos sacos, los tres estuvimos en silencio, el cual se interrumpía ocasionalmente por el movimiento de uno de nosotros para adoptar una mejor posición dentro del saco. La intensidad de luz, de ese Sol que se ocultaba detrás de la neblina, era constante, pero poco a poco, a medida que transcurría la tarde iba apagándose lentamente... todo invitaba a dormir, o por lo menos a dormitar, como me pasó a mí. Así estuvimos por espacio de dos horas y media, hasta que me salí del saco (¡qué frío!) y comencé a preparar todo para cocinar. Camacho salió a ayudarme, pero Fran se tardó un poco más: el esfuerzo más la garúa final lo había debilitado mucho, pero más que todo era cierto grado de hipotermia lo que lo aquejaba: “Chamo, el saco no me estaba calentando”. Bien es sabido que los sacos de dormir lo que hacen es simplemente conservar el calor del cuerpo: mejor será el saco en la medida que cumpla esta función de mantener la burbuja de aire caliente alrededor, a pesar del frío que pueda hacer en el ambiente; así que si uno no produce calor, debido a que se perdió mucha energía por un esfuerzo físico prolongado en un ambiente muy frío, el saco de dormir no tendrá mucho calor que conservar, y eso fue lo que le paso a Fran. Lo mejor en esos casos y lo que hicimos con él fue dejarlo dentro del saco y le pasamos varias tazas de infusión, hasta que al final estuvo más caliente y salió para ayudarnos con la cena.

Para la cena hicimos puré de papas con lo que quedaba de chuletas, el único detalle fue que la leche que preparamos no fue suficiente, o más bien colocamos demasiadas hojuelas de puré a la leche, por lo que lo que quedó fue un masacote duro con partes incomibles sabor a papa e incluso hojuelas secas en la parte de arriba del “plato”, las chuletas si quedaron buenas, a pesar que ya nuestros labios con la resequedad del ambiente y el frío, ya no estaban tolerando el contacto con comidas calientes. Tranquila y descansada fue la noche en los sacos de dormir.

Día 6:

 

Viernes 14-12-2001:

Para ser el día en que tendríamos que estar en el punto más alto de Venezuela y dado el hecho que nos separaba una distancia considerable del punto de inicio de la escalada, nos despertamos con el Sol muy elevado. Una vez listos, con los morrales armados, bajé por las empinadas escaleritas que descienden del Refugio, a las 8:30 am, tarde pues supuestamente el primer carrito subía a las ocho. Con una vista de kilómetros y kilómetros a la redonda, veía abajo y a mi izquierda, las dos Águilas menores: el León y el Toro, como unos hermanitos se ven el uno al lado del otro, cerquita, aparentemente una caminata de una hora sería suficiente para pasar de uno al otro, nada más falso. La región de la cresta del Toro parecía una brevísima línea recta, uniforme, cuando en realidad la sucesión de riscos, precipicios y otras irregularidades que uno vé estando encima, es todo menos una “línea recta”.

Abajo, Mérida, y un poco más acá, casi en la misma dirección, Loma Redonda; la línea parabólica de cables que de ella salen dirigiéndose hacia mí, para terminar un poco a mi derecha, en la Estación de Pico Espejo; pero no me dio tiempo para detallar todo el paisaje apenas salí, justamente a mi derecha el sistema de poleas del “suizo” (el teleférico de carga) estaba funcionando y muy abajo, al inicio de los cables, moviéndose, venía el carrito de teleférico... “¡Rápido!, ¡saquen todo que ahí viene el vagón!” y me dio tiempo apenas para correr sobre las guayas tiradas en el piso, encaramarme por detrás de la Estación en el andamio improvisado e inestable y pasar del otro lado, del lado de la Virgen. Ahí me quedé viendo a la Virgen y hacia el lado del Bolívar. Poco tiempo después pasaba también Francisco, quejándose porque no me había devuelto para ayudarlos a sacar todo. Por suerte, nos dimos cuenta que todo fue falsa alarma y el “suizo”, estaba vacío, era como una prueba que hacían desde Loma para comprobar el funcionamiento del sistema.

Pasamos las cosas al otro lado y las depositamos contra la puerta de entrada de la Estación. Comenzamos a cepillarnos los dientes. La mañana estaba calmada y la atmósfera límpida, ni una nube impedía ver en todas direcciones, dando la falsa impresión que todo estaba al alcance de la mano, incluso las lejanas estribaciones muy abajo y a la izquierda, que están sobre el pueblo de Los Nevados; diametralmente opuesto, estaba la impresionante Corona: Humboldt y Bonpland, con parches de nieve; “La Travesía”, camino que nos separaba de ella, parecía una pendiente fácil, en bajada constante, hasta su base; parecía también que estábamos al alcance de la mano de esa Águila Blanca, que en un día de caminata constante podríamos coronar ambas alturas, parecía una aventura factible (lo es) pero a la vez muy fácil y agradable (no lo es).

Pudimos darnos cuenta el basurero en que está convertido el piso de Pico Espejo: papeles de chocolates, tapas de refrescos, tiras de plástico, etc. Debe ser muy bonito cuando neva, no sólo por la nieve, sino porque tapa todo ese basurero. Después de terminar de asearnos y limpiar todas las ollas, preparamos el equipo para hacer el descenso por “La Cloaca” lo más seguro posible: cuerdas, mecates, empotradores y por supuesto los arneses salieron del fondo de los morrales y quedaron en la tapa, incluso nos colocamos los arneses ahí mismo. Iniciamos el sendero rocoso en bajada y en un minuto nos detuvimos en el planchón inclinado que es la parte más temible del paso. Sacamos todo y Camacho comenzó a colocar los empotradores en una grieta, ayudándose con un pedazo de mecate que aseguró a otra piedra, como segundo soporte. Lanzamos la cuerda y tratamos de extenderla, haciendo ondas, por toda la extensión del trayecto, pero siempre quedó un bojote a medio camino; todo listo y me anclé a todo el sistema a través de mi “Ocho”. La bajada fue lenta, más lenta todavía porque me tenía que detener en los sitios en que la cuerda se había quedado y tirarla para atrás para extenderla; el problema de bajar con morral grande es al dosificar la cuerda, pues cada vez que uno frena siente un jalón o rebote hacia atrás de la masa del morral, que por supuesto se empeña en continuar su trayectoria bajando. Además, siempre queda la duda de si el anclaje realmente está firme o si en una eventual sacudida por el resbalón imprevisto de uno, los anclajes cedan. Como siempre (o casi siempre) no pasó nada y llegué a bajo a salvo para gritar “¡Libre!” y ver al siguiente (Fran) bajar. Lo mismo hizo Gabriel y luego subió de nuevo para liberar la cuerda y bajar destrepando, más seguro ahora sin el morral. Lentamente continuamos bordeando la cresta Oeste del macizo del Bolívar, la que lo conecta con el Espejo, siguiendo las marcas anaranjadas y amarillas que indican el sendero.

Ahí comenzó a descender la neblina mientras que abajo, hacia los Llanos de Barinas, el Mundo parecía desvanecerse bajo ella, parecía estar infinitamente lejano.... me adelanté un poco y me quedé solo en el monótono camino; esperé un rato y me alcanzó Camacho pero Francisco tardó en llegar, por lo que dejé el morral en el piso y me devolví sobre mis pasos... caminé un rato que me pareció larguísimo hasta que ví definirse entre la neblina, como un fantasma, la silueta alta que era Fran y su morral alargado; algo se le había soltado y tuvo que detenerse a acomodarlo. Seguimos por el camino (plano) y luego descendimos a la cañada que baja del lecho del antiguo Glaciar de Timoncitos; lo de bajar no era muy bueno, pues luego para alcanzar el laguito de Timoncitos, donde dejaríamos los morrales, tendríamos que subir de nuevo. Al llegar al lecho de la cañada, por donde pasaban algunos hilos de agua, la subida no fue muy agradable: el terreno era sobre roca firme, pero con muchas roquitas sueltas las cuales era mejor no pisarlas; por ahí nos tardamos nuestros buenos 10 minutos, subiendo lentamente adivinando hacia qué lado virar para alcanzar el laguito y muchas veces creyendo llegar, para darnos cuenta que no, que estaría en la siguiente loma; finalmente ví el reflejo del agua sobre el lecho azul turquesa del fondo, dejé mi morral apoyado en una de las orillas y esperé... y mientras esperaba veía a la pared Sur del Bolívar, aunque más a la niebla que la cubría que a la propia pared; en eso llegaron Camacho y Fran; eran cerca de las 10 de la mañana, algo tarde para comenzar un ascenso al Bolívar, aunque fuera por la ruta Normal –la Weiss- , sin embargo lo intentaríamos. Movimos los morrales a un sitio más seguro que sabía Fran, detrás de una roca y decidimos qué llevar; en ese momento se despejó completamente la pared y pudimos ver que la ruta –la cual era difícil reconocer entre la cantidad de irregularidades rocosas, a pesar que cada uno de nosotros había subido por ahí-, estaba tachonada en algunos tramos por manchas de nieve, por lo que decidimos llevar un par de crampones y el piolet para el que estuviese abriendo (Camacho) y por supuesto la cuerda y el equipo de escalada completo, incluyendo un mecate de ferretería para fijar la cuerda durante los descensos en la región cimera; sólo llevaríamos un morral donde meteríamos todo. Una pequeña bala fría que comimos (Tang® de mango con galletas Oreo®) y comencé a subir, me tocaría llevar la cuerda en mis hombros. Me impresionó lo poco que recordaba de aquel terreno desde la última vez que había subido por ahí hacía 4 años: el trecho por lo que era el antiguo Glaciar de Timoncitos, me parecía ahora muy largo y tedioso: el Sol había salido, me hacía sudar y el terreno se desmoronaba bajo los pies con cada paso, además la cuerda, al no llevarla amarrada sino puesta sobre los hombros, se me iba soltando y caía de vez en cuando un cabo o muchos bucles al piso. Así fuimos subiendo, un tanto alejados unos de otros y luego de unos 20 minutos fue que llegamos a la base de la pared Camacho y yo, comenzamos a meternos hacia el sitio de “Las Escaleras” y escalamos la primera pendiente, unos 10 metros de piedra suelta y arena; allí, en un sitio protegido por las rocas, esperamos a Fran, mientras sacábamos el material del morral y nos poníamos los arneses.

Ya en ese inestable lugar, viendo hacia arriba y abajo lo pendiente de la ruta, me impresionó de nuevo lo poco que recordaba de la Weiss. Unos metros más arriba empezaba una lengua de hielo la cual había que atravesar, sobre terreno muy inclinado, por lo que Camacho empezó a caminar con el piolet mientras yo lo aseguraba; Fran filmaba de vez en cuando. Una vez asegurado el primer largo salí yo; pasar ese primer trecho de hielo sin crampones ni piolet fué bastante inestable, a pesar de la seguridad de saberse fijo a la cuerda; luego me siguió Fran para reunírsenos. Por todo el tiempo dedicado a ese primer largo, me pareció que íbamos muy lento, teniendo en cuenta que se acercaba el mediodía, sin embargo la seguridad era lo primero y eso se tarda. Un tramo más, un zig-zag y ya estábamos en la parte de la ruta que es una grieta en “línea recta” hasta la zona de la “Ventana”, esta línea es el tramo más largo de la pared y de vez en cuando había también que pasar tramos nevados, lo que hacía más peligroso el ascenso; a veces, para no montar la reunión en plena nieve, Camacho se encaramaba en una roca de los lados de la ruta, por encima del nivel de la nieve; esto era algo peligroso, porque así se exponía al precipicio que había de los lado, en vez de estar en la canaleta que es toda la ruta Weiss.

Los momentos que Camacho se alejaba parecían eternos, más cuando desaparecía de nuestra vista; sin embargo, en comparación con la primera vez que subí había más seguridad en el sentido que podían verse las reuniones –las famosas cadenas fijadas con tornillos a las paredes de la ruta-, lo que nos daba un punto fijo a donde anclarnos. A mitad del tramo oímos voces abajo y Fran pudo distinguir a gente que estaba en el Laguito, probablemente –pensamos- montarían campamento para subir al día siguiente; lo único que nos preocupó fue que comenzaran a revisar y a saquear nuestros morrales, que supuestamente estaban “escondidos” tras una piedra más allá del Laguito. Seguimos escalando y nos acercábamos cada vez más hacia la Ventana, el paso final y clave de la Ruta, por ahí el error de no haber traído los “hierros” se hizo más evidente: cada vez eran más inclinados los tramos de nieve. En un largo a la vista de La Ventana, Camacho dudó en seguir hacia ella y montar la reunión ahí o montarla en un punto intermedio, más abajo, donde habían buenas grietas para meter los stoppers; como pensó que la cuerda no alcanzaría optó por lo segundo, y en poco tiempo lo alcancé; fue justo en ese momento, cuando ya estaba asegurado y esperábamos para que Fran comenzara a subir que oímos unos ruidos no muy agradables que venían de encima nuestro, unos ruidos menudos de algo que se desmoronaba... “¡Mosca, piedras!”, gritamos, además de unas palabras no muy adecuadas para transcribirlas aquí; en efecto unas pequeñas piedras pero con la velocidad de proyectiles saltaron de arriba, pasando a unos metros sobre nuestras cabezas; el ruido se repitió unos segundos después, nos agachamos contra la pared instintivamente y esperamos, pero no saltó ninguna piedra. Advertimos a Fran lo que pasó para que tuviese cuidado y luego se nos unió sin ningún contratiempo. Ya nada más quedaban los 15 inclinados metros hasta La Ventana, una travesía inclinada hacia arriba y la izquierda, pero con muchos agarres y pocos sitios expuestos.

La Ventana; ese espacio de cielo al que nos dirigíamos donde en condiciones despejadas se abría un escenario espectacular: a los pies, la cara Norte del Bolívar y en frente todo el Valle de Mérida y la Sierra de La Culata, el Páramo de los Conejos y la Cara e´lindio… la antesala de la Cumbre. Sin mucha dificultad llegó Camacho ahí y aseguró la cuerda a una roca donde muchos mecates de ferretería indicaban el paso de anteriores escaladores; yo lo seguí y alcancé en poco tiempo; esperando a Fran, Camacho me indicaba como íbamos a asegurar la cuerda en el siguiente tramo: hacer la travesía de unos 10 metros hacia la derecha, sobre una repisa expuesta al Glaciar Norte y luego subir el diedro final, unos 7 metros hasta la Cresta cimera, todo esto del otro lado de la montaña. Así que salió él primero mientras Fran y yo esperábamos con impaciencia en La Ventana –eran cerca de las 3:00 pm-; Camacho desapareció de nuestra vista, la cuerda seguía corriendo por mi “ATC” y en poco tiempo se detuvo –estaba colocando unos “stoppers” en la base del diedro-; luego de unos minutos, un grito nos indicó que seguiría; la cuerda esta vez corría más lenta, intermitentemente y luego de un rato -mucho más tiempo del que se tardó anteriormente para caminar por la repisa- gritó desde arriba que siguiera. Llegué hasta los “stoppers”, pasé mi nudo “prussik” al otro lado del mosquetón que aseguraba la cuerda ahí y comencé a escalar el diedro... ¡qué empinado me parecía ahora!, en comparación con la primera vez que subí por ahí. La última parte, de la que sólo recordaba una piedra que sobresalía y que te hacía arquear la espalda sobre el precipicio, me costó menos; pero empotrar mi cuerpo al sitio donde estaba Camacho sí me pareció expuesto: era una grieta medio inclinada en diagonal; debió ser difícil para él llegar hasta allí -sabiendo que el último seguro estaba 7 metros debajo de él-, meterse en la grieta y después asegurarse a las cadenas de allí; cuando yo hice todo eso, él me dio la mano para ayudarme y me dijo: “Ahora anda allá y ponte a conversar con Bolívar”; le pasé por un lado y subí el último metro de roca hasta la cresta. Caminé otros 7 metros hacia mi izquierda, ahora sin ningún tipo de seguro -pues el camino era franco por una especie de grieta formada por dos hileras de salientes rocosos a los lados- y llegué al Busto. Bolívar parecía muy tranquilo, mirando siempre a la blancura eterna de la niebla y como si no imaginase que a dos metros enfrente de él había un precipicio abismal. Yo estaba también muy tranquilo, todo era silencio y no había ningún tipo de movimiento de aire, además estaba solo ahí, sin embargo a pesar que la niebla era tan densa que no había mucha luminosidad, la radiación que pasaba a través de la neblina y me daba en la cara comenzaba a molestarme. En unos minutos llegaron mis compañeros y como en todo ritual de Cumbre, nos abrazamos y felicitamos; nos distribuimos como pudimos en todas las grietas del lugar para poder caber todos en el punto más alto, yo tuve que pasar del otro lado del Busto y mientras me comía la galleta y el “Snickers” que tenía reservados para la ocasión, Fran y Gabriel sacaron los celulares e hicieron llamadas: a sus respectivas mamás y además Camacho a una amiga... dá bastante nota llamar a alguien y decirle: “Hola, adivina dónde estoy.... ¡en la Cumbre del Pico Bolívar!”.... a lo Gilberto Correa.

Muchas veces cuando se está en una cumbre alta, uno está desesperado por tomarse la foto para empezar a bajar, por el frío, la hora avanzada o el viento, mucho más si está nevando; pero ahora nada de eso -excepto por la hora: 3:00 pm- existía y estuvimos bastante relajados en el punto más alto de Venezuela; yo me dediqué a mirar alrededor, en la poca visibilidad que teníamos, los famosos 3 picachos en que se descompone la Máxima del Bolívar: uno, donde estábamos parados, con el Busto, el segundo hacia el lado de Timoncitos, hacia atrás y a la derecha del Busto, unos 5 metros verticales más bajo que éste y desde cuya base nacía una grieta inclinada medio llena de nieve ahora que se dirigía abajo y a la izquierda, hasta aparentemente encontrarse con la Weiss unos 20 metros hacia abajo –¿sería esa grieta la ruta original de Franz Weiss de 1936, que se encontraba en el punto del “Palito” (asta de bandera dejada por Bourgoin) con la ruta Bourgoin?- el tercer picacho no lo pude reconocer. Hubo un momento en que a través de la neblina se vió toda la “Fila de Lagartijo” hasta la Garganta Bourgoin y los picachos Jahn y Abanico a los lados.

Como ya era tarde tomamos la respectiva sesión de fotos y comenzamos a bajar: todo fue relativamente rápido, Fran rapeló primero y llegó de nuevo a La Ventana, yo lo seguí y me impresioné al acercarme, pues oí una charla: ¿Fran hablaba con quién?... en efecto habían 2 personas que por su aspecto y acento se delataban: un guía merideño y un cliente, eran las personas que oímos cuando íbamos a mitad de pared, me impresioné lo rápido –en comparación a nosotros- que habían subido, más aún porque según ellos llevaban unos 20 minutos esperando que nosotros bajáramos de la Cumbre, para no congestionar la zona ni usar nuestra cuerda, que permaneció siempre extendida entre La Ventana y las cadenas de la Cresta cimera. Llegó Camacho que se tardó un poco por desmontar la reunión y bajar destrepando por el diedro y nos despedimos para comenzar a bajar.

Tomamos “prestado” uno de los mecates que había allí para montar uno de los rapeles, todavía lo tengo de recuerdo. Comenzamos a rapelar en cuerda doble; cuando íbamos por Roca Táchira, oímos gritar “Summit!” al guía y al turista. Bajamos bastante lento a pesar del rapel, pues cuando estábamos de nuevo a la mitad de Pared, en la Canaleta en “línea recta”, ¡nos alcanzaron de nuevo!, ya bajando, el guía y el turista. El guía nos tuvo que ayudar incluso para que bajásemos más rápido –se acercaba ya las 5 de la tarde- y bajamos juntos los dos grupos, compartiendo nuestras cuerdas; creo que el guía habrá pensado que éramos medio “nuevos”, hubo un momento en que tuve que pasar por una lengua de hielo medio inclinada pero sin estar asegurado a la cuerda y por supuesto, sin crampones, aunque llevaba el piolet; en otro momento hice un rappel con el piolet guindado por atrás, algo bastante peligroso en caso de una caída además que se iba dando golpes contra las rocas con cada movimiento mío. En cambio el guía por supuesto habría subido a la Sierra un viaje de veces y –según él- había estado como 2 veces en Ecuador, incluso había escalado en las cumbres –técnicamente difíciles- de El Altar, abriendo una ruta nueva en El Obispo.

Al llegar a la base de la Canaleta, cerca del punto donde hicimos nuestra primera reunión por la mañana, el guía nos dijo que nos pusiésemos en un lugar seguro, pues iba a tirar abajo unas rocas que estaban a punto de caerse, para que no le cayesen a nadie cuando estuviese subiendo; así que pegó un grito para cerciorarse que nadie estuviese inmediatamente abajo y comenzó a patear unas rocas que estaban a un lado, grandes, que poco a poco fueron ganando velocidad y formando nuevos derrumbes a medida que descendían; por el impacto entre las rocas comenzó a oler a chispazo. En este punto ya no hacía falta rapelar, así que bajé a lo que era el antiguo Glaciar de Timoncitos y me despedí del grupo, quería llegar rápido para montar una infusión y la comida, esto no le gustó mucho a Gabriel. Justo empezando a bajar me puse a destrepar una zona que era algo insegura pues iba a tener que dar un salto algo grande para llegar abajo, así que me retracté, subí de nuevo unos pocos metros y dí la vuelta por un lado. Después de eso la bajada fue bastante rápida hasta al Campamento, unos 10 minutos; justo al llegar volteé y ví a Fran y Camacho comenzando a bajar desde el punto donde nos despedimos, se habían tardado enrollando la cuerda y guardando las cosas... eran muy, muy pequeños y hasta ese momento no había tenido noción de la grandeza de toda la zona.

Comencé a sacar las cosas para armar la carpa; el plan inicial era subir y bajar rápido del Bolívar, montarse de nuevo los morrales para comenzar a acercarse a La Concha y montar el campamento cerca de su base; cuando planeé la expedición pensé –ambiciosamente- en hacer La Concha y llegar a la laguna del Suero el mismo día del Bolívar; en vista que tuvimos muchos retrasos porque no habíamos dormido en Timoncitos y que nos tardamos mucho en el Bolívar por la nieve acumulada, tuvimos que montar campamento en el laguito de Timoncitos. El guía llegó junto con el turista y se reunieron con otro turista que los esperaba en el laguito, el cual no había subido porque se sentía mal. Fran y Camacho se tardaron bajando, iban asegurando cada paso por ese trecho lleno de rocas y de arena, además anochecía. Montamos la carpa y se despidieron de nosotros el guía y los otros mientras cocinábamos pasta con salsa de tomate y cebollas. Habíamos escalado nuestra tercera Águila Blanca de la Expedición y nos preparábamos para el día siguiente: recorrer La Travesía y subir nuestra cuarta Águila: La Concha, luego deberíamos llegar a dormir a (la laguna de) “El Suero”. Pensábamos que el día sería exigente, pero sencillo... pensábamos mal....

Día 7:

 

Sábado 15-12-2001:

La madrugada la pasamos oyendo algo cayendo en el techo de la carpa: nieve, agua-nieve o llovizna, no lo sabíamos; también oímos los ronquidos de Camacho. Ya a las 7 estábamos despiertos y al asomarnos vimos con desilusión el mal tiempo que había: mucha neblina y garúas dispersas. Desayunamos dentro de la carpa arepas andinas con lo que quedaba de queso y mermelada y en un momento que parecía que saldría el Sol desmontamos el sobre-techo y lo extendimos en la roca alta y grande atrás nuestro y comenzamos a empacar los morrales; lamentablemente fue falsa alarma y al rato comenzó a caer una llovizna constante que empapó más el sobre-techo. Esto era un gran contratiempo pues como iban las cosas tendríamos que quedarnos un día ahí y retrasar el itinerario un día, lo que implicaba no escalar todas las Águilas. Por suerte para la Expedición y aunque nunca se despejó, cesó la llovizna y pudimos terminar de armar morrales y salir, eran cerca de las 11.

Era una caminata aburrida en bajada, por todo el canchal de piedras donde una vez estuvieron los límites del Glaciar. La pendiente de bajada era suave pero constante y la neblina lo hacía todo más aburrido; en una media hora el canchal se había convertido en arena y luego en tierra paramera, además con nuestro descenso el techo de nubes era más alto y había más visibilidad. Fuimos en fila india en descenso constante. Luego de largo rato comenzó a nivelarse el terreno y pasamos algunos pantanos, en los que nos hundimos hasta los tobillos dada la humedad reinante. Como a la hora y media de salir distinguimos dos figuras alargadas entre la neblina que venían en sentido contrario; dos excursionistas realizaban el Calvario de La Travesía en sentido contrario y en tales condiciones: subían muy lentamente, sin embargo llegarían a tiempo a Timoncitos. Un breve diálogo con ellos y seguimos. Definitivamente el terreno se hizo plano y la senda tomó un carácter místico: plano, sombrío por la neblina, bordeado de plantas altas y extrañas a ambos lados –frailejones- y solitario... así vieses adelante o atrás siempre verías el camino desaparecer a lo lejos en la niebla.

Aunque plano, había una que otra loma que había que pasar; en una de ellas, traté de evitarla pasándole por debajo –por la derecha- y Camacho y Fran, que iban un poco atrás me gritaron que no era por ahí, pues el camino seguía por la cima de la loma, donde había un mojón. Yo simplemente no les paré y seguí... comencé a bajar pues no había camino que se devolviese hacia arriba y en diez minutos me encontré solo en la vastedad del páramo, rodeado de frailejones y de neblina... tercamente bajé un poco más pensando que el camino seguiría por debajo mío pero lo que hice fue pasar unos trechos de piedra que no llevaban a ningún lado... grité a “¡Fraaaan!” y a “¡Camachooooo!” y la neblina se tragó el sonido. Entonces decidí subir recto hacia arriba para tratar de retomar el camino, en 5 minutos lo hice pero me encontré con la misma trampa del “místico” camino: seguía hacia delante y se perdía en la neblina, seguía hacia atrás y se perdía en la neblina... ¿hacia dónde estarían mis compañeros?, porque aunque pudiesen haber seguido adelante, también pudiesen haberse quedado atrás esperándome a que apareciese de entre los frailejones. Dejé el morral apoyado en medio del camino y llamé por radio (menos mal que los trajimos); muy lejos, con interferencia, se oyó la voz de Francisco preguntándome que dónde estaba, que ellos se habían detenido... no sabía decirle si estaba adelante o atrás de ellos pues todo me parecía igual... comencé a devolverme suponiendo que estaban atrás, pero luego de unos minutos de haber caminado en esa dirección, Fran me dice por el radio que había encontrado mi morral en medio del camino... me habían pasado y luego fue que se detuvieron; me devolví y en instantes se dibujó en la niebla la alta figura de Fran al lado de mi morral. Seguimos hacia donde estaba Camacho. Ellos ya habían llegado al sitio conocido como La Charca, el vallecito con bastante sitio para acampar está unos 300 metros verticales de la cumbre de La Concha, amplio para montar una aldea de carpas y con agua suficiente... estaba totalmente solo y Fran se dirigió hacia un “boulder” que estaba hacia el final... detrás estaba Camacho sacando unas cosas de su morral, habían escogido ese sitio para esconder los morrales grandes y subir con uno o dos de asalto.

En unos diez minutos y de mala gana, pues todo se nubló como nunca en la excursión y caía una llovizna continua moja-bobos, tuvimos armado el morral de Fran y la cuerda, amarrada como un morral, guindaba a la espalda de Camacho. Subimos la pendiente a nuestra izquierda, directamente hacia arriba... y subimos... y subimos y subimos; comenzamos a separarnos y a perdernos de vista, sin embargo nos oíamos y el terreno, ya conocido por nosotros, no presentaba ningún peligro de caída... era una pendiente extensa de tierra no muy firme y de frailejones, que parecía que llevase hacia el cielo, pues se perdía en la niebla. Acordamos ir desviándonos a la derecha porque supusimos que hacia allá en línea recta estaba La Concha.

Cuando sólo veía a Camacho a unos 50 metros de mí y a Francisco ni lo veía, empezó a aparecer a la derecha y entre la niebla una cresta, en esos momentos muy oscura y tenebrosa. Busqué en ella el signo inequívoco que identifica la cumbre: unas agujas de roca rojiza, delgadas y abruptas, que están hacia el Este de la cima, para los efectos prácticos las encontraríamos a la derecha de la cumbre. Pero la lúgubre cresta no exhibía las fulanas agujas y en cambio aumentaba en altura hacia la izquierda, por lo que hacia allá debía estar las agujas y luego, La Concha. Camacho me preguntó varias veces, a lo lejos, si yo veía las agujas, pero ante mí aparecían más y más picachos hacia la izquierda, pero no las agujas. Mientras caminaba, pensaba que no me gustaba la idea que debía de pararme en un sitio más elevado que cualquiera de esos expuestos riscos y que dado que llevábamos unos 20 minutos caminando hacia arriba y a la izquierda, corrigiendo nuestro curso, fue evidente que al inicio nos desviamos demasiado hacia la derecha. De pronto ahí estaban: las agujas, si los picachos eran tenebrosos, las agujas, en contra de la niebla eran macabras. Les informé a los otros y Camacho me dijo que Fran iba un poco abajo, pero subiendo constante. Seguí subiendo pues en un terreno unos 20 metros bajo las agujas había un campito de nieve; enfrente mío aparecía el macizo rocoso de la cumbre principal, más a la izquierda de las agujas. Llegué hasta la nieve y la pisé un poco, luego seguí hasta la base del macizo y esperé.

Llegaron al rato mis compañeros e hicimos consenso para decidir por dónde y cómo subiríamos: en frente nuestro –por la base derecha del macizo y unos 20 metros a la izquierda de las agujas- había una serie de morrenas cortas e inclinadas por donde se podía ascender hasta la cresta somital, esa es la opción ideal, si el grupo tiene experiencia en roca y si está totalmente seco. Mucho más hacia la izquierda estaba una grieta que ascendía con bastante inclinación hasta la misma cresta somital, la subida por ahí era con bastantes agarres pero con el peligro de lanzarle una piedra-proyectil al que venía abajo; la bajada tenía que ser rapelando: por todo eso decidimos subir justo en frente nuestro, por las morrenas.

A pesar que estaban empapadas, ni siquiera sacamos la cuerda pues desde abajo vimos una sucesión de repisas que con mucho cuidado se podían encadenar sin exponerse en forma imprudente. Subimos entonces con extremo cuidado, más que en ningún otro momento de la excursión, apoyando bien cada paso, cerciorándose que el pie estaba totalmente firme antes de desplazar el cuerpo y sin hacer ningún movimiento brusco... momentos tensos. Dejamos abajo y a la derecha a las rojizas agujas y en 10 minutos o menos pisamos la cresta, ahora más protegidos porque salientes rocosos a ambos lados simulaban un camino firme por todo lo alto, con defensas y todo. Unos 20 metros de nuevo hacia la derecha y ya estábamos en La Concha, ninguna emoción nueva pues era la tercera vez para cada uno de nosotros, más bien hacía bastante frío porque estábamos empapados y la vista era una impresionante vastedad blanca a todo nuestro alrededor... eran las 3:30 pm, nos habíamos tardado hora y media desde La Charca.

Nos felicitamos, tomamos unas fotos y comimos algo –un supuesto almuerzo- en un momento sacamos el radio y comenzamos a radiar a nadie... para ver si alguien nos oía; al rato captamos un diálogo de alguna persona por allá abajo, quizás de Mérida, que estaba a unos cuantos kilómetros detrás de la niebla o alguien más cerca, en alguna de las estaciones del Teleférico; no parecía contestarnos sino hablar con alguien más. Era más que desagradable estar ahí, pues estábamos húmedos y aunque con poco viento, hacía frío, por más Gore-Tex que tuviésemos encima. Luego de 15 minutos comenzamos a bajar. Rápido llegamos al sitio donde alcanzamos la cresta y en un momento, me asomé al lado de la grieta, la otra opción por la que pensábamos subir... menos mal que no lo hicimos por ahí, pues había tremendo bloque de hielo tapando la salida por ese lado... En un momento que hice un movimiento un tanto brusco, Fran se asustó un poco pues estaba al lado de una caída. Comenzamos a bajar por donde mismo, tampoco pusimos cuerda pues al igual que la subida, encadenaríamos las repisas sin hacer ningún paso arriesgado. Así en 5 minutos estábamos los tres en la base de nuevo y listos para comenzar a bajar cada quien por su cuenta, por la pendiente de tierra paramera. Tuvimos en cuenta la desviación que nos consumió tanto tiempo de subida, por lo que bajamos casi en línea recta, buscando a La Charca, donde dejamos los morrales. Bajamos como subimos: a campo traviesa, sin seguir ningún camino definido y a medida que bajábamos comenzamos a ver más frailejones. En 45 minutos, contados desde la cumbre, llegamos a el camino... a algún sitio del camino pues como en anterior ocasión a nuestra derecha el camino seguía, perdiéndose en la niebla –a Timoncitos- y por el otro seguía a la izquierda –a Laguna el Suero- y se perdía en la niebla. Pero había que ir a La Charca, por los morrales y eso podía estar a la derecha o a la izquierda. Discutimos por dónde sería y decidimos hacer como antes, cada quien por un lado y el que encontrase La Charca radiaría al otro. Así, en poco tiempo llegué yo al sitio que era y detrás de la piedra encontré los morrales... radié a los otros y en 5 minutos estábamos reunidos y poniéndonos los morrales. Comenzamos a caminar y la garúa que seguía suave pero constante, arreció en ese momento. Continuamos por camino plano durante largo rato, hasta que poco a poco se fue haciendo pendiente, signo que nos acercábamos a la zona de La Corona. El camino ahora iba en franca subida buscando el paso de la “Chomajoma”.

Justo en ese momento, como si Moisés de improviso hubiese levantado su báculo hacia el cielo, un viento fuerte encima nuestro separó a los lados gran parte de la neblina y pudimos ver en línea recta muchos cientos de metros hasta incluso divisar las paredes rocosas del Bonpland; en frente nuestro, más elevado que nosotros estaba la zona de descompuestas piedras rojizas que señalaban la entrada a la Chomajoma, el paso por donde cambiaríamos de vertiente hacia el lado del valle de la Laguna El Suero, nuestro destino; pero antes tendríamos que alcanzarla recorriendo una pendiente constante que subía decenas de metros, una pendiente que con los morrales y la altura –unos 4400 metros- sería un verdadero Calvario. Fuimos subiendo en fila india, con los pesados morrales al hombro y ayudándonos mucho con los bastones; así, luego de una que otra pérdida de estabilidad por pisar una piedra inestable y de forzar mucho las rodillas, llegamos en 20 minutos a la base de las piedras rojas; en ese momento, atrás nuestro quedaba toda la Travesía y se había despejado gran parte de su longitud, pudimos ver que estaba toda empapada, a pesar de lo extensa que era se adivinaban en la distancia verdaderos charcos de agua empozada y pantanos y nos alegramos por haber pasado ya por todo eso: en un día la hicimos completa y “visitamos” además la cumbre de La Concha; Timoncitos, desde donde habíamos salido a las 11 de la mañana, no se veía, estaba detrás de los últimas cortinas de niebla.

Llegamos a la cresta y hacia abajo y a la izquierda divisamos el valle que comunica con la (laguna) Verde, la misma laguna se veía debajo de unos parches de nubes que se movían rápidamente. A nuestra derecha y arriba estaba el último reto: La Corona; el Humboldt y el Bonpland se veían como dos eternos compañeros siempre separados por su manto de glaciar, como si durmieran plácidamente. Abajo, rodeada de un gran circo de origen glaciar estaba (la Laguna de) El Suero, se podía oír perfectamente el rumor de los ríos que la alimentaban; daba sensación de seguridad, al menos cuando llegásemos ahí y montásemos campamento. El ambiente, por primera vez despejado durante el día, invitaba a tomarnos unas fotos, así que Fran y Camacho bajaron los morrales -a mí me dio fastidio bajármelo- y sacaron la cámara de video. Fran hizo unos excelentes “zoom” o acercamientos de los dos picos de La Corona, con la cámara digital de su filmadora y también tomó el valle hacia la Verde y La Travesía atrás nuestro; también unas fotos “para la historia” de cada uno con el Humboldt atrás. Llegó el momento de partir, pues eran cerca de las cinco y teníamos que llegar a montar campamento y cocinar.

Pasamos al otro lado entre unas rocas de la cresta y comenzamos a seguir el camino, bien marcado, hacia la Chomajoma: era una travesía hacia la derecha, que de vez en cuando subía y bajaba una que otra irregularidad; así, luego de 10 minutos saltando de vez en cuando de una piedra a otra y siguiendo los mojones, llegamos a la parte superior de la Chomajoma; realmente en ese punto está como a 2/3 de la altura de la garganta, ya que el paso por donde cambiamos de vertiente no es su cima, sino la cima de otra garganta –La “Chomajomita”- que recorta un poco de camino y de tiempo cuando uno viene subiendo; la travesía que acabábamos de hacer es la conexión entre ambas gargantas. Bajamos por el montón de lascas, arena y rocas más grandes que es la Chomajoma, una garganta bastante inclinada que constantemente se está derrumbando y que nuestro paso por ahí ayudaba en el proceso. Bajábamos pegados del lado izquierdo de la pared, pues la tierra está más compacta por ahí. Nos acercamos paulatinamente a la base del valle, derrumbando todo el terreno abajo nuestro –la forma más rápida de bajar- y a veces enterrando los pies hasta por encima de los tobillos, con la desagradable sensación de piedras molestas que se nos metían en las botas; ya teníamos en frente y abajo nuestro a la laguna El Suero, totalmente sola para nosotros, ni una sola carpa en sus márgenes... cualquier presencia humana estaría a algunos kilómetros a la redonda. Alcanzamos la base del valle, pasamos dos lomas –antiguas morrenas frontales de lenguas glaciares ya desaparecidas- y nos dirigimos hacia el desaguadero de la laguna, eran las cinco y media. Lejos, en la cabecera de la laguna y justo debajo de la “Morrena” rojiza del Bonpland –nuestro camino del día siguiente- unos seres muy negros nos veían con algo de desconfianza, eran unos toros “salvajes” que estaban paciendo justo cuando nosotros aparecimos en el valle, contamos ocho de ellos. Camacho y Fran escogieron un sitio donde alguien había levantado un muro con rocas así que yo tuve que encaramarme el morral y moverlo del sitio que yo escogí inicialmente, el de ellos era mejor.

Rápidamente encendí la MSR, para preparar la tan esperada infusión, mientras los otros dos ya armaban la carpa; todo estaba muy tranquilo, ya oscurecía –todo el día estuvo oscuro pero ahora se hacía de noche de verdad- y esperábamos comer bien para descansar; al día siguiente sería la prueba de fuego: 2 picos (Humboldt y Bonpland) en un solo día, algo factible y hecho muchas veces, de hecho Camacho ya lo había hecho anteriormente; lo que lo hacía diferente es que ya teníamos 7 días en la Sierra, 5 de ellos ascendiendo y descendiendo picos a más de 4700 metros. El de mañana sería quizás el día más peligroso: la Morrena, terreno muy delicado, estaba entre nosotros y el glaciar que teníamos que escalar... ya cada uno la había subido y bajado unas cuantas veces, pero cada ascensión es distinta y la experiencia no te exime 100% de los accidentes.

Dejando atrás esas consideraciones -pues estábamos cómodamente instalados y con gran sensación de seguridad- la noche cayó y nuestro mundo eran los escasos metros alrededor nuestro que se iluminaban con nuestras (lámparas) frontales; todos los riscos, glaciares y picos a kilómetros alrededor nuestro parecía que no existiesen, sólo la carpa, nuestros compañeros y muy especialmente el arroz con hongos que preparaba Fran; lo aderezamos con unas ruedas de mata-hambre y todo el plato quedó insuperable. Luego de comer –los platos podían quedar sucios- y ya dentro de la carpa Fran sacó la filmadora-cámara digital y nos enseño el “álbum” de fotos que había tomado en los últimos días, era un recuerdo bastante “fresco” de hazañas recientes. Aunque teníamos el deber de acostarnos muy temprano, olvidamos por un rato la misión de coronar el Águila restante y nos pusimos a hablar de cualquier cosa que no fuese montañas; Fran me preguntó sobre el viaje a Egipto que yo había hecho en Agosto y así estuvimos como una hora, riéndonos de los egipcios, sus costumbres y los chascos que uno pasa cuando se viaja de “mochilero”... estar en una carpa a 4300 metros sin poder dormir continuo toda la noche es uno de esos chascos, lo estábamos viviendo en carne propia, y lo habíamos vivido muchas veces y lo seguiremos viviendo; si no fuera por ellos qué aburrida sería la monotonía de la vida citadina.

 

Día 8:

 

Domingo 16-12-2001:

El día aparentaba que sería despejado cuando –luego de despertarnos muchas veces en la noche- nos levantamos definitivamente. Mientras desayunábamos, veíamos con preocupación que por detrás del pico en frente nuestro, el Bonpland, comenzaron a subir unas pequeñas nubes; era de mal pronóstico pues si a esa temprana hora ya habían nubes, como sería unas horas después cuando estuviésemos en el glaciar. Tratamos de hacer todo rápidamente y de alistar los morrales más rápido todavía, sin embargo el retraso fue mucho y terminamos saliendo de nuestro campamento a las 8:15 de la mañana; cada cual llevó un morral y nos repartimos todo el material de escalada; a mí me tocó llevar entre otras cosas, dos piolets guindados por fuera. Rodeamos la laguna por el camino habitual, por su lado derecho, viendo a los “seres negros” del día anterior (los toros salvajes), mirándonos a la vez a nosotros, desconfiados pues nos acercábamos a ellos.

Llegamos a la base de la Morrena, esa pared inclinada, roja y lisa, tallada por un glaciar que una vez existió allí (en realidad la continuación del glaciar del Bonpland, que ahora empieza muchos cientos de metros más arriba); es un terreno peligroso, formado por especie de “lomos de ballena” rojizos, que mojados, son muy resbalosos. Casi sin pausa nos encaramamos en ella; Fran comenzó a guiar, pero luego de haber subido unos cuantos lomos llegamos a un punto donde no podíamos seguir subiendo sin arriesgarnos demasiado, una situación muy común cuando uno está por esa zona; como no conseguimos, por más que buscamos, un camino ideal para subir, les dije un tanto molesto que me siguieran y comencé a caminar decididamente hacia el otro lado, como devolviéndome; bajamos de nuevo unos lomos y luego los guié por otro camino que aparentaba ser mejor. Estaba demasiado seguro de mí pues superaba pasos de cuidado con bastante seguridad y rapidez... demasiado seguro estaba cuando de improviso, después de poner el primer pie y comenzar a desplazar el cuerpo hacia delante para superar un paso en especial, resbalé y comencé a deslizarme por un tobogán; no tuve tiempo ni para asustarme, todo duró 3 a lo máximo 4 segundos: por suerte caí sentado y todo fue un “culi-cross”, sólo me concentré en dirigir mi desplazamiento al mismo tiempo que oía el sonido desagradable de los piolets que chirriaban en la roca; abajo mío, a unos 5 metros, estaba una repisa de piedra suelta, que detendría mi deslizamiento... y así como empezó de rápido, terminó también: caí gracias a Dios en la repisa, parado sobre mis dos pies. Fran y Camacho vieron todo con preocupación y así me lo manifestaron, especialmente el primero... yo, luego que recapacité lo que había pasado, fue que me asusté: por suerte no pasó nada, sólo tuve unas pequeñas contusiones y excoriaciones no sangrantes en las palmas, pero esos resbalones tontos en un sitio tan delicado, pueden no terminar tan bien, incluso han terminado fatalmente. Después del susto subí de nuevo hasta mis compañeros y reanudamos la subida, esta vez con más extremo cuidado que nunca.

Todavía en la zona de la “Muralla Roja”, íbamos ascendiendo a ritmo constante, a veces haciendo desplazamientos horizontales, en “travesía”, para buscar hacia los lados zonas más seguras para escalar; en un punto, como protegido por una especie de nicho y por donde pasaban algunos riachuelos, vimos la placa pequeña que recuerda a la excursionista de la Universidad Simón Bolívar, que se murió por esa misma zona .-muy probablemente en ese mismo sitio- en el 90´: Virna Barrios... un triste y trágico recuerdo del peligro de pasar por estos sitios. Poco después y luego de discutir el mejor camino a seguir, nos encontrábamos ascendiendo por una grieta larga y relativamente empinada, ancha y segura que en forma oblicua atravesaba toda la Morrena en dirección hacia las paredes rocosas de Pico Sucre, arriba y a la izquierda.

En este el momento subimos con mayor rapidez, llegando finalmente a la zona de la “Laguna de los Hielitos”, la mitad aproximada de la Morrena, una especie de explanada grande –dentro de lo que cabe- en esa zona tan desolada y abrupta; descansamos el poco tiempo que tardamos en discutir por dónde seguiríamos: pensábamos caminar la mayor porción de Glaciar que pudiésemos, en parte para justificar el trabajo de haber cargado con los “hierros” (crampones y piolets) todo ese tiempo; el glaciar, muy disminuido en extensión respecto a años previos, descendía más, alcanzando su punto más bajo, en frente del Bonpland, lo que significaba que estaba en frente nuestro; escalar directo hacia arriba significaba recorrer la menor distancia, sin embargo el terreno era muy pedregoso por ahí y en total nos hubiésemos tardado igual o hasta más que por la ruta Normal, que seguía más o menos la dirección que llevábamos, hacia arriba y a la izquierda. Decidimos entonces seguir por la Normal y cuando estuviésemos cerca de Pico Sucre, sin llegar a él, doblar bruscamente a la derecha, para realizar una travesía larga en esa dirección y alcanzar el punto más declive del glaciar.

Continuamos ascendiendo y comenzamos a pasar por una zona con más piedras, pues el terreno era más plano aunque siempre con inclinación constante; ya eran las 11 de la mañana pasadas y todavía no habíamos pisado el primer rastro de nieve del terreno, ya me comenzaba a impacientar y para colmo de males, las nubes que hasta el momento habían tapizado sólo el cielo, comenzaron a descender –¿o es que estábamos subiendo?- y a quitarnos visibilidad. Se estaba volviendo todo aburrido y comenzábamos a temer, debido a la condición del tiempo (atmosférico) que no lograríamos ascender los dos picos. Llegamos a la gran pared que es el espolón que desciende del pico Sucre y ascendimos pegados a ella, aunque a cierta distancia por el peligro de rocas sueltas que pudiesen caer de arriba, en un momento pisamos el primer campo de nieve, solitario entre la cantidad de rocas... estaba pegando frío; luego de una media hora pasamos la cueva que se ubica unos 50 metros bajo Pico Sucre y aunque habíamos planeado no llegar hasta la base de esa elevación, decidimos que sí le llegaríamos y desde allí hacer la travesía hacia la derecha. La primera vez que ascendí ese trecho, desde la cueva hasta la base del Pico Sucre, había bastante nieve, una rampa inclinada y llena de nieve, ahora era simplemente una pendiente de rocas y grava; cuando finalmente llegamos hasta la base de Pico Sucre vimos con lástima que el glaciar empezaba a más de un centenar de metros hacia arriba, cuando yo había llegado a ver con mis propios ojos que el glaciar empezaba bruscamente en la base del Sucre donde yo estaba parado. Ahora, lo que era ese primer lomo inclinado del glaciar, que era peligroso incluso porque la nieve caía como una pendiente muy fuerte hacia la izquierda, era simplemente un gran espolón rocoso que continuaba hacia arriba del Pico Sucre, en dirección al Humboldt.

Comenzamos a hacer travesía hacia la derecha, buscando la parte más declive del glaciar; también toda la zona que atravesábamos, una gran extensión de rocas lisas y blancas, era hasta hace poco un bello glaciar, habían desaparecido en menos de 10 años cientos de metros cuadrados de él. Luego de 15 minutos de caminata suave –íbamos por terreno relativamente plano, incluso bajando- llegamos a lo que supusimos era la lengua más baja. Nos bajamos los morrales y sacamos los hierros, los arneses y la cuerda. Me puse rápidamente los crampones, tomé el piolet y caminé hacia arriba los primeros metros dentro del glaciar, una sensación bastante agradable y poco común para una persona que vive en la ciudad de un país tropical... sentir la nieve granulada que se compacta bajo las botas es algo no muy habitual que se diga. Fran y Camacho se tardaron un poco poniéndose los crampones pues era un sistema nuevo, pero en 20 minutos, ya encordados todos, me introducía de nuevo en el glaciar, extendiendo la cuerda entre Fran y yo, luego entró éste y finalmente, cerrando, Camacho. Ya para entonces se había nublado completamente y una vez ingresados unas pocas decenas de metros en el hielo, no vimos más color que el blanco de la nieve a nuestros pies y el blanco de la neblina encima de nuestras cabezas

Subimos, subimos y subimos; queríamos alcanzar la cresta rocosa que se ubica en la cima del glaciar, entre los dos picos, más por el lado del Bonpland, la idea era subirlo primero pues es el más difícil técnicamente y el que se lleva más tiempo; ahora veíamos que las condiciones climáticas no ayudarían tampoco y aunque no lo decíamos, cada uno pensaba y se acostumbraba a la posible eventualidad que dejáramos de hacer uno de los dos picos, ese sería el Humboldt porque cada uno lo había escalado varias veces, en cambio el Bonpland solamente Camacho lo había subido. Yo, de tantas veces que había estado en la cumbre del Humboldt, tantas otras veía hacia un lado a la del Bonpland esperando poder ascenderla, pero siempre por cuestión de horario o de tiempo (atmosférico) tenía que bajar directo hacia el campamento, posponiendo cumplir el deseo para otra oportunidad; Fran, la misma oportunidad que Camacho hizo su único ascenso al Bonpland comenzó a sentirse mal –habían subido por la Cara Norte, por la Verde y llevaban varias horas encima del glaciar- y se quedó en la parte inicial de la cresta rocosa que ahora mismo nos proponíamos alcanzar. Por todas estas razones nos dirigimos a escalar directamente el Bonpland, si lo lográbamos, aunque no hiciésemos el Humboldt, cada uno de nosotros habría escalado ya, completas, las 5 Águilas.

Y seguimos subiendo; a pesar de lo inusual de caminar en un glaciar, la falta de visibilidad que nos impedía conocer por dónde íbamos, nos estaba desesperando ya, y mientras aceleraba el paso para tratar de apurar la cordada, me cansaba más. A los 15 minutos de empezar, aparecieron unas piedras aisladas que sobresalían de la nieve y unos metros más adelante, se alzaba una franja horizontal, alta y que se dibujaba negra entre lo blanco de la neblina: la cresta rocosa. Sorteamos unos cuantos peñones grandes incrustados en el hielo y llegamos al borde de la roca, nos desencordamos y nos quitamos lo más rápido posible los hierros, dejándolo todo ahí: la cuerda, según Camacho no la utilizaríamos y por supuesto tampoco los crampones.

Nos encaramamos a las primeras piedras, casi al nivel del glaciar y luego subimos a las de la cresta; caminamos poco tiempo por el punto más elevado y luego pasamos para el otro lado de la montaña, Camacho dijo que había que bajar hacia el otro lado por cierto tiempo para evitar una zona de la cresta demasiado afilada; como él era el único que había pasado antes por ahí lo seguimos... pero comenzamos a bajar demasiado, toda la zona por la que estábamos era un barranco no muy inclinado de piedras de todos los tamaños, muy picadas pues se adivinaba que hasta hacía poco allí hubo un glaciar, sin embargo ahora sólo quedaba su lecho; la vista predominantemente pedregosa, contrastaba mucho con la del otro lado, donde estaba el glaciar por donde subimos, una zona predominantemente blanca. Bajamos demasiado y llegó un momento que a Camacho no le gustó mucho, pues en tres días a ese paso llegaríamos a Barinas, así que nos devolvimos y rehicimos parte del camino por donde bajamos y siguiendo los mojones, nos dimos cuenta de un cruce que pasamos por alto. Lo tomamos y seguimos subiendo para alcanzar de nuevo la cresta en un punto más avanzado.

Continuamos caminando por largo rato encima de ella, saltando de piedra en piedra, a veces tambaleándonos mucho sobre una piedra que creímos demasiado estable... La zona se está desmoronando continuamente y es muy inestable, a pesar que está formada por grandes “boulders” y peñones macizos; pareciera que hubiesen sido puestos allí unos sobre otros, por un Gigante muy tosco. Camacho, la primera vez que subió al Bonpland, había probado con las manos una piedra sobre la cual quería escalar, le pareció firme y sosteniéndose con ambas manos, se encaramó en ella, al mismo tiempo que la roca se desprendía y se venía abajo con Camacho encima de ella.

Contrario a lo que yo creía y a pesar de lo poco que es escalado ese pico en comparación con su compañero –el Humboldt-, hay muchísimos mojones que indican de vez en cuando un paso que es más fácil hacerlo descendiendo hacia uno de los lados, que yendo por toda la cresta. El tiempo seguía siendo muy adverso a nosotros: neblina tapada y viento muy fuerte proveniente del lado de Barinas, lo que nos retrasaba; ya habían pasado los 40 minutos que Camacho había tardado aquella vez en recorrer la cresta, desde el glaciar hasta la Cumbre y todavía nosotros andábamos sorteando rocas en la parte horizontal, inicial, de la cresta. En un momento la pendiente se hizo un poco más pronunciada y comenzamos a ganar más altura, pero ya desesperábamos porque la neblina nos impedía estimar en qué punto íbamos. El piso comenzó a tener menos piedras grandes y sólo habían pequeñas lascas sobre un piso más sólido. Finalmente hubo un cambio de dirección en la cresta –se desvió hacia la derecha- y llegamos a un punto medio expuesto sobre un precipicio que terminaba allá abajo en todo el glaciar frontal del Bonpland, la zona era bastante silenciosa –nos alejamos del lado del viento- y me pareció incluso algo lúgubre, pues se hizo como que más oscura. El piso era ya prácticamente sólido, casi sin piedras y supimos que estábamos en la pendiente final. Iba subiendo de primero por ahí, unos pocos metros por delante de Camacho y Fran, pero no pensaba en la Cumbre, sino en un lugar donde atender a un “llamado de la naturaleza” pues llevaba como 40 minutos con unos cólicos muy desesperantes que sólo desaparecerían atendiendo a ese llamado. Finalmente comenzaron a verse nuevamente piedras sueltas, un poco grandes, hasta que ahí mismo, detrás de una loma de piedras a pocos metros delante mío, apareció un perfil rectangular, negro, que salía de entre unas rocas: la placa de la Cumbre.

Llegué ahí desesperado, con la única alegría de soltar el morral rápido y sacar de él lo necesario para “matar el tigre”, “volar” o “responder al llamado de la naturaleza”, como mejor se entienda; así que sin haber permanecido ni 30 segundos en el punto más alto del Bonpland, seguí de largo y bajé unos 5 metros a el pequeño collado que viene después en la cresta, me escondí en las piedras de allí y...

Mientras tanto ya Camacho y Fran habían llegado a la placa y conversaban como quien no tiene prisa y ningún compromiso que cumplir; a los 5 minutos me les reuní en la Cumbre –ya más relajado- y comimos algo; ví que la famosa placa es un homenaje a Bonpland, en el Centenario de su muerte, de parte de la promoción de Ingenieros Forestales de la ULA de 1957. Tomamos las respectivas fotos, incluyendo una digital con los 3 juntos y luego de ½ hora comenzamos a bajar: la neblina seguía espesa y no había nada que ver, más bien teníamos nuestro último compromiso con la montaña, y no sabíamos si tendríamos el tiempo suficiente, eran ya las 2 de la tarde.

Bajaron inicialmente Fran y Camacho, yo me tardé algo en la Cumbre, pero viéndolos desde ahí me pareció que estaban tomando una cresta que iba a la derecha de la Cresta principal, por donde habíamos subido; al principio pensé que trataban de bajar por un sitio más corto o más seguro y que luego enderezarían por el camino verdadero, pero ya habían bajado demasiado como para pensar en eso y les grité que no era por ahí; me dijeron que sí, que a veces uno no se acuerda bien del camino cuando se viene de regreso, además que la densa neblina cambiaba toda la percepción del ambiente. Como eran dos contra uno, no discutí mucho y comencé a seguirlos, pasando trechos de nieve abundante que no recordaba haberlos pisado de subida. Bajamos así unos 30 metros y al llegar a una zona plana con bastante nieve no se veía por dónde continuar: ahí fue donde nos convencimos todos que tomamos la cresta equivocada, llegamos a la conclusión que también llegaríamos a Barinas en 3 días si seguíamos por ahí; yo lo recordaba bien porque con el incidente del “llamado de la naturaleza”, una vez en la Cumbre seguí de largo, siempre por la misma Cresta, por lo tanto cuando me regresé a la Cumbre, recordaba que el camino de bajada era diametralmente opuesto al sitio donde yo había ido al baño; la cresta por la que bajamos, al contrario, iba más hacia la derecha. A fin de cuentas, simplemente subimos de nuevo en dirección a la cumbre y unos metros por debajo de ella tomamos la verdadera Cresta principal, comenzamos a bajar por la zona de roca firme y llegamos en poco tiempo a al punto expuesto sobre el glaciar.

Luego de algún rato llegamos de nuevo a la porción plana, de rocas inestables de la Cresta y tardamos de nuevo mucho tiempo saltando de piedra en piedra y adivinando de vez en cuando el camino. Teníamos miedo de pasar de largo el sitio donde dejamos los “hierros” y la cuerda y agregar un retardo más a todos los que ya habíamos tenido. Pero nos dimos cuenta que siguiendo siempre los mojones, no era necesario bajar tanto por el otro lado de la montaña, que sólo hay que evitar la Cresta intermitentemente; sólo en un punto especial, casi llegando al glaciar donde la Cresta es muy afilada, hay que bajar un poco más. A la vista de los campos blancos del glaciar, caminamos cierto tiempo por la Cresta y casi pasamos de largo las cosas, pues con la niebla no distinguimos bien la forma de la delgada cuerda tirada sobre lo blanco, ni los crampones, que de lejos parecían una piedra más sobre la nieve.

Alcanzamos las cosas y comenzamos a ponernos los crampones, había estado siempre muy nublado, desde que tocamos el glaciar por primera vez al mediodía y durante todo el ascenso y descenso del Bonpland; de hecho llegamos a discutir y casi decidir, mientras bajábamos la Cresta, que no nos arriesgaríamos a seguir al Humboldt... pero en ese justo momento, mientras nos encordábamos y como una señal Divina, se abrieron todas las nubes en dirección hacia el Humboldt y lo veíamos ahora por primera vez en el día, nítido, sin ninguna nubosidad y con una pendiente semi-inclinada de nieve lisa entre él y nosotros que invitaba a ser escalada. Eran ya las 3:15 de la tarde, muy tarde, pero la visión del último reto y del triunfo final, a sólo 300 metros en línea recta fue demasiado fuerte y prevaleció sobre los pensamientos “prudentes” de antes... y nos mandamos hacia allá, Camacho abriendo, Fran en el centro y yo de último filmando con la cámara de video.

Camacho había filmado de subida, cuando él éra el último de la cordada y ahora me daba cuenta yo lo duro que es caminar en un glaciar y filmar al mismo tiempo: por estar pendiente de la filmación pisas la cuerda con los crampones, te retrasas y muchas veces te jalan con la cuerda porque no vas a la misma velocidad que los otros. En un momento, para filmarlos de un ángulo distinto al de atrás, comencé a correr rápido sobre la nieve para alcanzar a Fran y filmarlo de lado, pero me quedé a mitad de camino cansado y en poco tiempo la cuerda volvía a jalarme, pues los otros por supuesto seguían caminando. Así llegamos en 10 minutos al borde de las rocas de la pirámide final del Humboldt, nada más había que quitarse los crampones de nuevo y escalar el último trecho hasta la Cumbre, que ahora, debido al retroceso del glaciar, era una distancia considerable de 50 metros sobre roca; alguna vez fue posible llegar con crampones hasta la propia Cumbre pues el glaciar terminaba allí (yo mismo lo hice en el 97´). Trepamos con cuidado y en pocos minutos, ví cerca de mí el pequeño montículo de piedras que manos humanas habían colocado sobre el punto más alto, la cumbre del Humboldt estaba solitaria; sin mucho esfuerzo llegué al punto más alto, como quien se dirige a un banco vacío en un parque y se sienta en él; en el piso, al pie del montículo habían unas conchas secas de mandarina. Ahí mismo llegaron Fran y Camacho y nos felicitamos por “nuestro” triunfo, aunque recordamos que el triunfo verdadero sería al bajar por la Morrena y llegar al campamento ilesos para comer. Sacamos la bandera, la amarramos a mi piolet y filmamos un rato a los 3 sobre el Humboldt, atrás el eterno fondo blanco de la niebla, que sustituyó el preferido azul de los días despejados de la Sierra; el grito de los 3 no fue “¡Cumbre!”, sino “¡Cumbre, 5 Águilas!”.

Como ya habíamos hecho todos los rituales de Cumbre –abrazos, felicitaciones, fotos y aperitivo-, nos despedimos hasta una nueva oportunidad del Humboldt y comenzamos a bajar hacia el borde de las rocas, nos colocamos los hierros y decidimos bajar lo más posible por el glaciar, ya que es más rápido hacerlo por una pendiente nevada y lisa que sorteando rocas de morrena. Tan rápido lo hicimos que en escasos 5 minutos ya estábamos en el punto deseado, quitándonos y guardando las cosas en los morrales.

Bajamos por la misma zona, hacia Los Hielitos, mientras que el cielo, paradójicamente para la hora, comenzaba a despejarse, después de haber estado todo el día nublado; el Sol en descenso iluminó las paredes del Bonpland y eso nos dió una sensación de seguridad como no la tuvimos en todo el día. Pronto surgió la intriga entre desviarse un poco hacia la derecha, para llegarle a los “Hielitos” por un terreno sencillo o seguir directamente hacia abajo, por terreno más inclinado; yo optaba por lo último, pero Fran y Camacho querían hacer el rodeo de la derecha, así que decidimos eso. Comenzamos a bajar por ese terreno monótono de piedras sueltas y rocas lisas y nos separamos un poco, aunque siempre estábamos a la vista. Bajé por donde habíamos acordado y luego de largo rato llegué a los Hielitos; me senté a algunas decenas de metros del borde de la laguna y descansé, mientras veía que Camacho y Fran estaban todavía muy alto y que se estaban tardando porque a última hora se desviaron hacia la parte más inclinada, por el camino que yo quería descender. Llegaron como a los 15 minutos y discutimos de nuevo el camino por donde bajar: había la opción de tomar la canaleta de arena gruesa que baja por la parte derecha del Bonpland –visto desde el Suero-, directamente hasta el nivel del Suero; por ahí se desprenden bastante rocas, pero al final es más seguro si se baja distanciado el uno del otro, pues se evita el riesgo de un resbalón en las morrenas, además es más rápido: Camacho había bajado por ahí una vez y nos dijo que se había tardado ¡5 minutos!, en comparación con los 40 –mínimo- que uno tarda por las morrenas; el problema era que la entrada a esa canaleta estaba mucho más arriba y no estábamos dispuestos, por la hora, a subir un metro más.

Nos decidimos entonces por las morrenas, por la “Muralla Roja” donde yo resbalé en la mañana; sería la parte más peligrosa del descenso y ahora, con la ligera precipitación que había caído, más todavía. Del camino que decidiéramos dependería el arriesgarse o no a un accidente, así que siempre fuimos juntos, discutiendo a cada paso la dirección a seguir. En un momento no teníamos camino seguro por dónde bajar y lo más “prudente” que quedó fue hacer “culi-cross” por una grieta muy pequeña que bajaba diagonalmente, con bastante musgo y un hilito de agua por todo el centro, lo bueno era que por ser tan estrecha, permitía incrustarse en ella como un “friend”, en caso de un resbalón, como pasó más de una vez. Luego, ya casi llegando a la parte más baja, no hubo más camino seguro a seguir: de los lomos finales de “Muralla Roja” nos separaba un pequeño trecho, escasos 10 metros, de lomas mojadas y un poco más inclinadas, suficiente para predecir un resbalón casi seguro y un deslizamiento en aceleración constante hasta 30 metros más abajo; como no había ningún camino seguro por ahí, tuvimos que devolvernos y subir unos buenos metros. En ese momento Fran tomó la iniciativa y comenzó a caminar en travesía, siempre horizontal, hacia nuestra derecha, como buscando el río que bajaba del glaciar; lo alcanzamos y lo saltamos en un punto estrecho, después de eso conseguimos buenos sitios para descender y en pocos pasos solucionamos el problema mayor, llegando sin novedad a la base de la Morrena; de los 8 seres negros y “extraños” de la mañana no se veía ni el rastro.

Caminamos con bastante alivio por el camino al borde de la Laguna del Suero, mientras veíamos a gentes nuevas que estaban acampando al lado nuestro; ya desde la morrena habíamos distinguido dos carpas color verde oliva (Salewa) que se veían al lado del amarillo de la nuestra. Llegamos a nuestra carpa, dentro de su muro de rocas y soltamos los morrales con el alivio del que piensa “Home, sweet home”. Nos pusimos a conversar con los vecinos que eran 2 alemanes y 2 guías venezolanos: uno merideño y otro caraqueño que había vivido en Alemania, de donde conoció a uno de los clientes; tenía ya bastante tiempo viviendo en Mérida.

Conversé un rato con uno de los alemanes –en inglés- y le comenté que había estado en su país en septiembre, cuando venía de Egipto; el tipo al parecer no se quedaba atrás: trabajaba algún tiempo y después se dedicaba a viajar por el Mundo durante 1 año. Después le pedimos que nos tomase una foto a los 3 con el Bonpland atrás. Cada grupo se puso a preparar su comida pues ya anochecía y luego de un rato vinieron los guías a hablar de montaña con nosotros; por supuesto que ellos, aunque igual de jóvenes, tenían más experiencia y variedad de excursiones que nosotros; nos llamó la atención una excursión que sale de Barinas, a 500 metros de altura y va subiendo poco a poco hasta “Los Aranguren”, en el Páramo del Loro (o del “Oro”) a 3600 metros, según y que la logística es un lío, pues para mayor disfrute se llevan mulas, y son distintas las que se usan en las “tierras bajas” y las que se usan para los páramos, hay que hacer, en la mitad, “cambio de mulas” y eso implica coordinación y por supuesto, más dinero. Otra cosa curiosa, es que el guía caraqueño, naturalizado merideño, masca, mientras camina en la altura, raíces de jengibre, que según él, le dan “power” para subir.

Finalmente cada grupo entró a su carpa y nosotros en la nuestra preparamos los sobres de tallarines con hongos, que mezclamos con ruedas de “mata-hambre”; la mezcla fue excelente, tanto que cuando la olla se vació, cada uno pensaba por dentro que quería un poco más. No nos sentíamos muy cansados, pero logramos dormirnos rápido, mañana tendríamos un día no muy peligroso, pero sí fastidioso: la larga bajada que nos separaba del Puesto de Guardaparques de “La Mucuy”: 16 Km de recorrido y más de 2000 metros de descenso vertical en un solo día.

Día 9:

 

Lunes 17-12-2001:

Nos levantamos como a las 9:00 am y comenzamos a recoger todo. El dia parecía que no sería mejor que el anterior, en cuanto al tiempo atmosférico: pequeñas nubecitas se comenzaban a asomar detrás del Bonpland; de las carpas vecinas, los guías y los alemanes salieron temprano para comenzar su ascenso al Humboldt; nosotros en cambio estábamos contentos porque no tendríamos que subir de nuevo por las morrenas. Fran preparó una avena y le pusimos el resto que quedó de la granola de todos, ya no la necesitaríamos mas… la mezcla quedó potente y bastante calórica, suficiente y de sobra, para llegar hasta La Mucuy. De toda la comida no quedó prácticamente nada, ni siquiera los restos de yerbas que usábamos para las infusiones: el último manojo de malojillo, que reciclamos varias veces, lo tiramos al páramo; unos trozos de mata-hambre que quedaban serían el almuerzo. Repartimos lo último del equipo y empacamos. Salimos como a las once de la mañana.

El descenso fue bastante tranquilo hasta la laguna Verde; la cascada que bajaba de uno de los glaciares del Humboldt, que había visto congelada en varias oportunidades, estaba líquida totalmente. La zona llegando a la Verde estaba muy calmada, el cielo sin embargo se comenzaba a encapotar y el Sol no se vió más. El impresionante valle donde estábamos tenía muchos recuerdos para cada uno de nosotros, mucha gente venía a la mente, compañeros de excursiones de nuestros múltiples ascensos; ahora todo estaba muy solo, ni un alma excepto las de nosotros tres, que descendíamos tranquila, pausada, pero constantemente. Llegando al borde de la laguna me comencé a separar bastante de Fran y Camacho y subí el morro por donde sigue el camino, sin ellos. Lo bajé también y pasé al otro lado sin ellos, tenía ganas de llegar rápido. Cuando llegué a la cabecera de la laguna ellos estaban en el punto más alto del morro. Me desvié un poco hasta el desaguadero principal de la laguna y quedé un momento oyendo la majestuosidad del agua cayendo por ese pequeño escalón, luego miré al inmenso plano que es la laguna como tal, el Humboldt estaba nublado. Me despedí de todo, volteé y continué el descenso, al principio tranquilo, pero luego me comencé a estresar por la cantidad de pasos y escalones en los que había que poner sumo cuidado debido al peso del morral, en algunos sitios más todavía, pues hilos de agua empapaban pequeños musguitos traicioneros.

El trecho desde la Verde a la laguna Coromoto fue bastante monótono y hasta se podría decir que triste; sin embargo comencé a cruzarme con un poco de gente que subía con intenciones evidentes de escalar el Humboldt (con piolets, crampones, etc), era un verdadero batallón. Pendiente todo el tiempo de la cresta que delimitaba el valle a mi derecha, logré reconocer la piedra que llaman la Vaca o algo así, que es idéntica a la cabeza de uno de esos animales. Al pasar por el paso de “Puente Quemado”, no había nadie y atravesé el puente con cuidado aunque sin detenerme mucho a pensarlo. Luego de largo rato llegué al borde de la Coromoto, como en hora y media desde la Verde y continué hasta su cabecera. Allí había un grupo de gente que comenzó a bajar apenas llegué, eran guiados por un merideño. Quedé solo y comencé a sacar algo para comer: el último pedazo de mata-hambre y unas bolsitas de salsa de tomate de McDonald´s, mientras tanto comenzó a caer una pequeña llovizna que por suerte no duró mucho. En unos 10 minutos llegó Camacho en silencio, Fran llegó casi con él, los acompañé un rato a comer y luego me monté el morral, no quería que me agarrara una lluvia a esa altura, 3200 metros, además tenía ganas de llegar rápido. Así me despedí del páramo, a partir de entonces caminaría por la selva nublada del bosque de La Mucuy.

Apenas un rato de haber salido y comencé a cruzarme con bastante gente que seguía subiendo, unos gringos que iban solos, sin guía, me preguntaron –por supuesto- que cuánto faltaba para la “Verde”, les tuve que explicar que la laguna más cercana era la Coromoto y que al paso que iban llegarían a ésa y no a la Verde; como estaba emocionado por el logro de nuestra expedición, traté de explicarles lo de las 5 Águilas Blancas, la leyenda y todo eso, pero ellos, gringos al fin, me cortaron y simplemente siguieron preguntando sobre lo más inmediato para ellos: cuánto les faltaba para la laguna…. Al poco rato de dejarlos llegué a Mesa de los Pinos, solitaria y triste a esa hora de la tarde, además de la poca luz debido a las nubes. Poco tiempo después pasé al grupo de gente guiada por el merideño que salió de la Coromoto justo cuando yo llegaba, iban como quien dice lentos pero seguros. A partir de ese momento mi cuerpo comenzó a sentir el llamado de la naturaleza, que se hacía cada vez más fuerte; quería contestarlo pero cómodamente en los WC de La Mucuy, así que, luego de pasar las subiditas fastidiosas desde Mesa de los Pinos y de llegar a la Piedra Naiquatá -punto desde donde todo es ya pura bajada hasta La Mucuy- me convertí en una máquina de dar pasos. Como siempre, ya llegando al Puesto de Guardaparques, comencé a desesperarme porque bajaba y bajaba y nada que se acababa el camino. Entre los espesos árboles, se veían de vez en cuando y en la distancia, casitas andinas en las laderas de las inmensas colinas, lo que me desesperaba más todavía, pues estaba a la misma altura que ellas y nada que llegaba a destino. Luego de una curva brusca en el camino, caminaba por una recta que se mantenía casi sin desviaciones, luego un cartel que señala la dirección hacia las lagunas Coromoto y Verde y los picos Humboldt y Bonpland y la Travesía; una cincuentena de metros más allá y atravesé el portón de troncos de madera hacia el amplio espacio abierto y de grama bien cuidada del PGP La Mucuy; eran las 4 de la tarde, había pasado una hora desde Mesa de los Pinos, dos desde la Coromoto… éxito, la excursión había terminado. No pensaba tanto en eso sino en llegar rápido a la casita de los baños; fue una alegría quizá similar a la de coronar uno de los picos que hicimos, cuando la divisé en la distancia, detrás de unos árboles… dejé el morral afuera y entré, me sentí un tanto extraño al ver un lavamanos, mi cara en el espejo… enflaquecida…. y una puerta detrás de la que había una poceta; yo estaba acostumbrado a ir detrás de unas rocas o de un frailejón. Al salir me dirigí sin prisa por los bonitos senderos del sitio, hacia la oficina del Parque, donde uno se registra cuando comienza a subir; allí estaban ya Fran y Camacho esperándome, uno de los Guardaparques y nadie más; por mala suerte no había tampoco ningún jeepsero que nos pudiese bajar los 8 kilómetros hasta el Pueblo de Tabay.

Sin embargo no la pasamos mal: comenzamos a hablar pistoladas con el grupo guiado por el merideño, que llegaron al rato también, además de un grupo de dos chamos que también bajaba del Humboldt. El guía era bastante amigable y hablaba hasta por los codos, nos dijo que la pareja de novios a los que guiaba, unos holandeses creo, se habían comprometido en la cumbre del Humboldt…. que todo fue inesperado: el chamo, en pleno pico y sin importarle la presencia del guía, sacó la cajita del anillo y le dijo a la novia para casarse, al guía casi que le daba un infarto y estaba, según él, más contento que los propios novios.

En un momento, el guardaparques nos pidió el permiso… le tuvimos que decir que no lo habíamos sacado, porque cuando entramos al Parque Nacional por la Estación de Teleférico, nadie nos lo exigió, además no había nadie en la oficina de INPARQUES. El tipo nos echó un regaño a Camacho y a mí porque siempre hay que sacar el Permiso, que es el único documento que dice que uno está en el Parque, que en caso de un rescate uno tiene que correr con todos los gastos si no se tiene el permiso… a tragarse el regaño callados pues tenía razón. Tuvimos que pagar igual, en retroactivo, los días que pasamos arriba, por persona y carpa… piches 5400 Bs en total; también revisó la bolsa de nuestra basura.

Finalmente y por puras casualidades de la vida llegó un jeep a las seis de la tarde; el guía, más acostumbrado a regatear, acordó un precio que nos pareció justo a todos: Bs 10.000 por un viaje de jeep (en realidad una Land Cruiser chasis largo) hasta la Plaza las Heroínas de Mérida, con los 8 pasajeros que éramos y respectivos morrales…. Más rápido que ya, montamos todos los morrales arriba y nos encaramamos nosotros mismos. Salimos y comenzamos a bajar por la bonita vía rural de la Mucuy; yo iba adelante con el chofer, enterándome de las últimas noticias del país durante nuestra ausencia de la civilización: un cacerolazo masivo a Chávez mientras daba un discurso en La Carlota… etc, etc. Atrás, el guía junto a Camacho y Fran iban gozando una y parte de… echando chistes, tanto fue que cuando pasamos por Tabay mandaron al chofer que se parase para comprar unas cervezas, para animarse más de lo que estaban. Llegamos a Mérida ya oscuro y nos despedimos del guía en una esquina de la Plaza de las Heroínas, lo otros dos chamos se habían bajado un poco antes. Apenas haberse ido el chofer, noté que me faltaba algo en las manos, ¿qué sería?.... ¡mis bastones!, los había dejado en el piso de la camioneta; bueno, al menos tenía la esperanza que el chofer fuera honesto y me los guardara…. Comenzamos a caminar hacia la Plaza Bolívar de Mérida, teníamos la intención de tomar el carrito hacia la Pedregosa Alta para donde Julio e Irama. Me paré en un teléfono público para llamar a la casa de ellos, con la esperanza que Julio estuviese todavía en la ciudad para que nos recogiese. Por mala suerte me atendió él mismo, obviamente no estaba acá en la ciudad… pero apenas atenderme, saludarme y preguntarme que cómo nos había ido, me dijo que me esperara que me iba a pasar a alguien… para mi sorpresa era mi mamá: habían llegado unos días antes a Mérida y nos iban a recoger ahora mismo en la camioneta de mi papá en la Plaza Bolívar.

Luego de un rato muy largo, en el que disfrutamos de lo bonito de la decoración de la Plaza Bolívar, con muchas luces y un Nacimiento grande, nos encontramos con mis papás. Fue mi mamá la que primero vió a Camacho: no lo reconocía por lo flaco que estaba. Fuimos a la camioneta y según nuestro menú, teníamos que hacer nuestra última comida con pizzas en “El sabor de los quesos” de la Plaza Milla, con las respectivas cervezas… lamentablemente estaba cerrada la pizzería en cuestión, por lo que variamos el menú, aunque sólo por unos metros: nos metimos en cambio en “La Astilla” otra pizzería buena en la misma plaza, que cuando llegamos no tenía luz, pero habían prendido unas velas y lámparas de kerosene y se veía bastante bonito. De más está decir lo bueno que nos supieron las pizzas.

Finalmente subimos a La Pedregosa de nuevo, a la casa de Julio e Irama; los saludamos, luego de ese corto período de tiempo, pero que a nosotros nos pareció largo; contamos en líneas generales cómo nos había ido y luego nos bañamos, nos pusimos ropa limpia y disfrutamos del sueño en una cama de verdad, luego de 9 días.

Martes 18-12-2001 a Sábado 22-12-2001:

Estuvimos en Mérida unos días más; al día siguiente salimos los 3 al Terminal de autobuses para averiguar las salidas a Caracas, pues Fran tenía que regresar; dejamos sus cosas en el guarda-equipaje pues el autobús salía en la tarde y luego seguimos al Mercado Principal a hacer nuestra última comida como grupo, en el mismo sitio donde comimos cuando llegamos… pedimos el mismo desayuno y todo, aunque con más Coca-Cola, pues la ascensión nos había dejado deshidratados. Luego seguimos en dirección hacia el Centro y de ahí tomamos autobús para Tabay: tenía que ir a ver si encontraba al chofer que tenía mis bastones y también porque quería comprar tallas de Madera en La Mucuy.

Efectivamente vimos al chofer metido en su Land-Cruiser apenas llegamos a la Plaza Bolívar y se recordó inmediatamente de nosotros; los bastones los había guardado pero en su casa, así que nos montamos y nos fuimos con él en dirección a Los Llanitos de Tabay. Ahí entró a su casa y sacó los bastones, luego le dijimos que nos llevara a La Mucuy Baja a donde se hacen las tallas; nos llevó y a medida que subíamos nos decía qué artista vivía por las casas que pasábamos hasta que finalmente nos dejó en la última de arriba; a parte de lo que nos cobró por la subida yo le dejé como Bs 1500 más por lo de los bastones.

Caminamos siempre en bajada parándonos en las casas de tallistas y compré algunos regalos para diciembre. Unas tallas eran de Presidentes de Venezuela, entre las que estaba una de Chávez; yo le dije a la tallista que estaba buena como leña para una fogata. Finalmente llegamos al borde de la carretera Tabay-Mérida y tomamos de nuevo camionetica hacia Mérida; nos separamos pues Camacho había quedado con uno de los chamos que conoció en la bajada de La Coromoto a ir a un torneo de escalada que había; Fran y yo fuimos al Centro y comimos en La Abadía, un Cyber Café-Restaurant bien bonito y barato, desde donde se vé la Sierra Nevada, pero que en ese momento estaba nublada. Después seguimos al Mercado Principal a comprar unas cosas que su mamá le encargó (cobijas) y ahí me dio la noticia: él y Gladys hablaron para casarse….! La noticia ya se la había dado a Camacho precisamente cuando estaban en la Mucuy, después de bajar de La Coromoto. Después nos despedimos y él se fue al Terminal para agarrar el autobús. Estuve un rato dando vueltas por el Centro y luego subí a La Pedregosa como a las 7:30 pm.

Al día siguiente salimos Camacho y yo al Centro; él se había puesto de acuerdo de nuevo con el chamo para ir a un sitio de escalada. Yo seguí en la rutina de ir al Cyber-café, ir a la Plaza Bolívar, ir al Mercado Principal, etc. En la noche, cuando ya habíamos llegado los dos Gabrieles, nos hicieron una parrilla en casa de Julio e Irama… exquisita, especialmente para los dos flacos que acababan de bajar de los 6 picos más altos de Venezuela… llamé a mi amiga Laura Pinilla a Caracas y me dijo que yo había quedado en el Hospital Pérez Carreño para mi año de Internado Rotatorio, mi primera opción.

Camacho se fue al día siguiente en autobús, mi papá lo llevó al Terminal; el grupo ya se había separado. En esos días me enteré viendo TV por Cable, que se aprobó el milagro para la Canonización de Josemaría Escrivá, la cual sería seguramente el próximo año; llamé a un amigo en Caracas y me confirmó la noticia… teníamos nuevo Santo.

Yo continué pasándola bien en Mérida, algunas mañanas nos levantábamos muy temprano para ir a Misa de Aguinaldos en la misma Urbanización de Los Sarache, en la Segunda Capilla; seguía durmiendo luego y después bajaba a Mérida a caminar por el Centro, ir al Cyber-Café, comer y recobrar peso y comprar algunas cosas en el Mercado Principal. El 22 muy temprano por la mañana salimos a Caracas por la vía del Páramo-Barinas, una semana exacta después que junto a mis compañeros amanecimos en la Base del Bolívar e hicimos la Travesía; amaneciendo y con las primeras luces del día haciendo contraluz detrás de la Sierra, les enseñé las 4 Águilas Blancas a mis papás (la quinta no se vé desde Mérida: La Corona). El viaje sin contratiempos nos hizo llegar a Caracas como a las 5:30 de la tarde, para comenzar a pensar en la Navidad próxima.

Gabriel París

Last Updated on Thursday, 20 December 2007 23:08
 
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