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La Bourgoin al Bolívar en invierno PDF Print E-mail
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Relatos Sierra Nevada
Written by David Elvira   
Friday, 21 March 2008 15:58

El Bolívar siempre ejerce una atracción especial a todos los venezolanos. Quizás porque es el pico más escarpado y más alto de los Andes de nuestro país. La historia que les voy a contar sucedió en Agosto del 2001, en pleno invierno, y es una de mis mejores experiencias de montaña. 

Me vine de vacaciones a mi país, de España, con más equipo de montaña que ropa en las maletas. Mis objetivos, a parte de visitar a mi familia, eran ir a la playa y al pico Bolívar. Concretamente quería quitarme varias espinitas que tenía con éste pico, ya que en las 4 ocasiones anteriores lo había subido por la ruta normal (Weiss) y en verano (Diciembre - Enero). Tenía ganas de entrarle en Invierno y por una ruta distinta y completamente desconocida para mí. A si que tenía tres opciones, subir por la Norte, la Este o por la vía Bourgoin. La este y la norte las descarté porque hay que dar mucho rodeo para llegar a la base de las vías y porque técnicamente son más complicadas que la vía Bourgoin; además, no tenía demasiado equipo técnico y mi hermano y compañero Santiago, si bien aventurero, no tenía experiencia en esta situaciones.

Nos planteamos hacerlo en un fin de semana, o sea que íbamos a hacer un desnivel de 3000 m en 3 días. Antes habíamos entrenado en el Avila, en Caracas, subiendo y bajando en el mismo día el pico Oriental, que se eleva 1640 m sobre la ciudad. Si se sube por Sebucán - Piedra del Indio - Mirador - Cruz de los palmeros, en un tiempo entre 2 y 3 horas, se puede decir que se está entrenado.

El primer día de excursión en Mérida (1600 m), no sin problemas para conseguir pasaje, nos subimos en el teleférico hasta la estación de Loma Redonda a 4000 m. Ahí, reservamos nuestra subida para el último tramo, que te lleva sin estaciones ni torres intermedias a Pico Espejo, a 4700 m. Como llegamos bastante temprano a "Loma", y nuestra cabina salía en la tarde, decidimos intentar el pico el Toro, que queda relativamente cerca de la estación para "aclimatar". Ya en su base, a media hora de haber pasado el alto de la cruz, empezamos a sentir los efectos de la altura, y decidimos no forzar nuestros cuerpos, y regresar a la estación. Todavía teníamos que reservar energía para ir de pico Espejo a la laguna de Timoncitos (4600 m), por un camino tortuoso de bajadas y subidas, con rapel inicial incluido, de 1 a 2 horas aproximadamente, con los morrales cargados con más de 20 Kg.

Llegamos anocheciendo a Timoncitos, que queda en la base sur del Bolívar. No había mucha gente, unos Caraqueños que venían de hacer la travesía desde el Humboldt y que no iban a intentar el pico, eran nuestros únicos compañeros. En la noche, después de constatar que mi hermanito no llevaba linterna y que la mía se había descargado en el camino, cocinamos algo como pudimos y nos acostamos. Llovió bastante y nevó un poco hacia la madrugada. Como a las 7 am la luz ya no nos dejaba dormir pero seguía lloviendo. A las 10 llovía menos y decidimos dejar la carpa y salir con un piolet técnico cada uno, crampones, arneses un mosquetón de seguridad y un ocho por cabeza, un casco en la de mi hermano y una cuerda de 60 m, 9 mm, dry en mi espalda.

En invierno, la ruta Bourgoin pasa entre el Pico Jahn y el pico Abanico por un corredor de nieve dura de 60º en algunos tramos puntuales. En verano no suele haber nada de nieve en éste tramo. Para llegar a la cima del corredor, la ventana, hicimos una aproximación de una hora hasta la base, por nieve hasta la rodilla y rocas. Luego, la subida por las pendientes de nieve, con bastante viento en la cara.

Al llegar al collado, descansamos y tuve ganas de ir al Abanico, que parecía muy cerca y bastante accesible. Sin embargo, en lo que me adentré en la cara noreste, me hundí hasta la cintura en nieve profunda y blanda, lo intenté un rato, y viendo que no había avanzado mucho y que necesitaríamos tiempo para bajar con luz, me devolví, y empezamos a buscar el camino que en teoría debía segir por la cresta de la montaña. De hecho lo hace, pero hasta un punto en el que hay un desfiladero, y te das cuenta de que hay que bajar 20 o 30 metros y meterse en un pasillo que lleba justo a 10 m abajo de la cumbre. Una vez ahí, parecían lógicas dos vías: una que parecía evidente por un corredor de nieve y roca y la otra por una canal más abajo que llega a una ventana desde donde se ve la cara norte de la montaña. Me subí por ésta última, que parecía más dificil, y le dije a mi hermano que explorara la más evidente. Al llegar yo a arriba, noté que había una anilla de mecate (hecha de fibras naturales) como para rapelar, en una piedra, pero ¿para dónde?. Vi que 15 metros más abajo del otro lado, había un plano grande, después de ver que para arriba era imposible. No lo vi claro, así que me dije que la ruta tendría que ser por donde mi hermano, por lo que bajé al punto inicial. Santiago no había avanzado mucho, entonces me puse a intentarlo yo, pero se llega a un paso clave, en el que sin estribos o algún clavo, es muy inseguro aventurarse con botas de montaña

Intentamos hacer una reunión en las piedras que sobresalían de la nieve, pero no eran para nada seguras. Aún así, no me quería dar por vencido, así que Santiago, bien empotrado entre nieve y rocas sueltas, intentó asegurarme, pero desistí, demasiado arriesgado y expuesto. Si me caía, nos íbamos los dos barranco abajo varios cientos de metros. Así que otra vez volvimos a la canal que había explorado al principio. La verdad es para subirla es algo difícil, debe ser un IV o un V-, en mixto de 8 o 9 m, que con crampones y piolet, no me costó mucho, pero a mi hermano, sin experiencia, le trajo más de un problemita. Viendo la situación lo aseguré desde arriba, para evitar incidentes. Luego rapeló él hacia la repisa amplia que le había comentado, en la cara norte, pero se pasó unos 10 m hacia abajo sin darse cuenta, que tuvo que subirse luego.

Ya en la repisa los dos, visualicé el comienzo del último tramo de la ruta normal (una garganta como de IV grado de 15 m), a 20 m en travesía un poco ascendente. El problema es que no parecía para nada fácil llegar a ella. Montamos una reunión con la cuerda y unas cintas tubulares y Santiago me empezó a asegurar. Me lancé a tantear el camino, pero nada. Iba quitándole el musgo a la pared para encontrar agarres y mis botas de montaña no se agarraban en sitios pequeños. Al final, tuve que arriesgarme para cruzar un pequeño pilar medio desplomado. Me agarraba con todas las fuerzas que tenía, y mis uñas parecían garfios en los mínimos agarres que encontré. Superados esos 20 metros de V o V+ sin seguros intermedios, y con el riesgo de hacer el péndulo de mi vida, llegué hasta otra roca, ya en la vía normal, que permitía montar una precaria reunión. En el turno de mi hermano, en el tramo difícil, se resbaló, y quedó colgando en la pared más abajo después de un péndulo de 10 m, sin consecuencias. Poco a poco, logró subir hasta mí, ya en zona conocida. Superamos el último tramo y llegamos a las 5 de la tarde a la cima del Pico Bolívar. A las 7 oscurecería, pero yo pensaba que lo que nos faltaba para bajar por la Weiss, no nos llevaría mucho tiempo, aún así, después de unas fotos y unos chocolates empezamos a bajar a toda prisa. Al llegar a la ventana de esta ruta, toda llena de nieve, me di cuenta de que ésta se vuelve muy técnica en invierno, ya que sus paredes fácilmente trepables unos meses después, estaban cubiertas de hielo en un "tobogán" que llega hasta bien abajo.

Lanzamos el rapel desde la ventana, aún con luz. Bajé yo primero, porque no se veían sitios seguros de llegada. De hecho, después de llegar al borde de la cuerda, me di cuenta de que habría que subir un poco para quedarnos en una piedra a 10 m en travesía ascendente. Así que como pude, con la cuerda jalándome hacia la izquierda y yo hacia la derecha, llegué a mi objetivo. En el turno de Santiago, se le quedó enganchado un crampón a la pared, y se le salió de la bota, a si que como pudo, lo agarró y rapeló hacia mí con más dificultades de las que yo tuve. Una vez los dos juntos, 300 m por encima de nuestra carpa, metidos en una impresionante canal de hielo de 70 a 85º, de la que no se veía el final ya que forma curvas en su caída, y de 120 m por lo menos, nos pusimos a arreglar el crampón. Éste, para más colmo, se había desenganchado, por lo que la parte de atrás y la de adelante estaban separadas.

En una de estas, le devolví su ocho a mi hermano y entre que se quitaba los guantes y areglaba el crampón se le resbaló, cayó entre mis piernas, debajo de la parte de roca aérea en la que me apoyaba y derecho por la canal empezaron a oírse sus tintineos. Fue una imagen muy triste. Ahora ya había poca luz y estábamos dos tipos con un descendedor. Me arreché mucho con mi hermano por su descuido, pero eso no servía de nada. De mala gana y apurado le dejé mi ocho a él, y empecé a descender con la cuerda por la espalda hasta un punto un poco expuesto donde yo sabía que había una reunión bien equipada. Nunca había "rapelado" sin ocho, y aunque comprometido no me pareció imposible.

Luego venía el tramo más inclinado. Una pared de roca y hielo, en la que también tuve que "probar" la técnica. En medio de la pared, se me engachó un crampón en el hielo, y al hacer fuerza para sacarlo, se quedó clavado en la pared y yo sin él. Asegurándome con la izquierda entre nervios, y luego de un tambaleo, logré recuperarlo. Luego llegué a la reunión, bastante nervioso.

Ahora, la pendiente se suavizaba un poco, a 60º. Pero se hizo de noche y la niebla nos envolvió. Yo decía: "Sólo falta que empiece a llover". En el siguiente largo, lleguamos; a un sitio en el que no pude localizar la cadena de la reunión, ni siquiera una buena piedra que rodear con la cuerda. Los crampones de mi hermano, en 4 partes, ya eran historia, así que empezó a bajar sin ellos de primero, asegurándole yo desde arriba.

En esta zona, el hielo no estaba tan duro como arriba y clavando bien los tobillos, podíamos estabilizarnos. Sin embargo, a cada rato tenía que parar a Santiago que resbalaba por la pendiente. En eso, ya como a las 8 de la noche, empezó a llover, lo que faltaba!. Sin linterna, lloviendo, con frío, en una pendiente jodida... esto sí que son "vacaciones". Llegamos a un sitio donde ya la nieve permitía caminar con más o menos holgura, entonces me quité los crampones. Luego se acabó toda la nieve y con ella toda noción de camino. La pendiente de roca, oscura como la noche, bloqueaba todas las salidas. La cuerda, estaba hecha una maraña hasta la mitad. Sólo los otros 30 m eran utilizables. Empezamos a tantear a ciegas la roca, pero se volvía peligroso, porque húmeda, estaba resbaladiza. Empecé a pensar en lo peor, en tener que dormir en ese sitio, con ese frío, sin comida y sin nada con qué arroparse. A 10 metros en vertical y desplomado, se veía una lengua de nieve que con mucha probabilidad nos llevaría cerca de la laguna todavía lejos. La verdad es que con la niebla, lq lengua se veía sólo a ratos. Santiago, intentó desenredar la cuerda, y no pudo, luego lo intenté yo también y tampoco; demasiado frío en los dedos y además no veíamos nada. Él estaba encogido hecho un bulto sentado en la nieve, sin moverse, casi como en trance. En lo que le dije lo pasar la noche, reaccionó, y me dijo que ni loco!. -¿Qué hacemos entonces?-. Volvimos a tantear las pendientes de piedra, pero nada. Si bajamos sólo con nuestro sentido del tacto por la piedra, nos vamos a dar por lo menos un buen golpe. Debo agregar que no había luna, y aunque la hubiera, con la niebla, no estaríamos mejor.

Después de un rato de desesperada reflexión, se me ocurrió, jugárnoslas a una sola carta. Como no había otro lado, si anclaba la cuerda en la nieve enterrando mi piolet, podíamos bajar a la lengua de más abajo, y acercarnos a la carpa. Si luego necesitásemos la cuerda, habría que pensar en otra cosa. Lo cierto, es que estaríamos más abajo. "Mañana tendré que venir a buscar todo lo que dejemos", pensaba hacia mis adentros. A todas estas, no sabíamos donde estaba la carpa exactamente, sabíamos que si seguíamos bajando llegaríamos a la laguna y que la carpa estaba de un lado. Bajó mi hermano los 10 metros mientras yo me sentaba en la nieve apisotada encima del anclaje por si se salía el piolet. Recuperé el ocho, porque no me atrevía a rapelar en vertical y desplomado sin él. Tanteé el anclaje y me encomendé a los dioses para que no se saliera de su sitio. Con mucho cuidado de mantener una tensión constante, pero a la vez bajando todo lo rápido que pudiese, logré salvar esos 10 m interminables. Yo había probado estos anclajes con piolets grandes y por lo tanto más difícil que se salgan. Pero si no entierras lo suficiente uno pequeño técnico, no clavas el piolet adecuadamente y no amarras la cuerda en el sitio preciso, se sale. Luego caminamos y caminamos por donde nieve hubiese, hasta llegar muy cerca de la laguna, en donde se acababa todo lo blanco definitivamente. Entonces vimos luces, y a fuerza de gritos, logramos hacer que nos alumbrasen unos españoles que habían llegado en el día. Luego nos alumbraron un trecho de roca, y pudimos llegar por fin a la tienda.

Habían pasado 12 h desde que la dejamos, y no teníamos más que los chocolates de la cumbre en el estómago. Empapados hasta los huesos, y con un frío terrible, nos cambiamos y nos metimos en nuestra tienda hasta el día siguiente.

Al despertar, dejé a Santiago desmontando el campamento mientras que yo me fuí a buscar la cuerda. Yo pensaba que estaba más o menos cerca, pero no. Nos quedamos en la base de la pared a 100 o 150 m de desnivel de la laguna y más o menos como a 1 Km. Todavía se veía la huella del día anterior. No teníamos posibilidades si hubiesemos salvado por otro lado las piedras.

Después de empacar todo mojado, nos fuimos de vuelta el Domingo a la estación de Pico Espejo. La gente nos miraba raro, dos jóvenes con esos morrales gigantescos y con cara de haber pasado trabajo. Después de todo eran simplemente turistas que habían llegado allí sin esfuerzo alguno, no excursionistas "locos" como nosotros.

Por último, ya en Loma Redonda, se fue la luz en todo el estado, y por supuesto en el Teleférico. Pusieron a funcionar la planta de diesel alternativa, pero la cabina bajaba muy lentamente, por lo que las colas eran desesperantes. Había mucha gente por ser Domingo, y nosotros llegamos entre los últimos. A las 8 de la noche, estabamos en Mérida, explicándo a nuestros preocupados padres el retraso.

David Elvira

 
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